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  • Una apuesta por la salud

    En una región marcada por contrastes entre desarrollo industrial y rezago social, el anuncio de una nueva Universidad de la Salud en Reynosa representa más que una obra pública. Es una señal de atención a una frontera que durante años ha demandado mayor inversión educativa. En lugar de promesas vacías o cifras abstractas, la decisión plantea una posibilidad concreta para que más jóvenes puedan formarse profesionalmente sin tener que abandonar su ciudad.

    La noticia no vino sola. Fue parte de un conjunto de acciones anunciadas por el secretario de Educación de Tamaulipas, Miguel Ángel Valdez García, durante su visita a esta ciudad fronteriza. En cifras duras, se prevé que el ciclo escolar 2025-2026 arranque con un millón 20 mil 620 alumnos en el estado. De ellos, 644 mil cursarán la educación básica, 145 mil la media superior, más de 67 mil formación para el trabajo y 163 mil estarán inscritos en educación superior. Tamaulipas representa casi el 3% de la matrícula nacional. No son pocos, y sin embargo, en muchas regiones, siguen siendo invisibles.

    Reynosa es un epicentro productivo. Es un músculo industrial que genera empleo, inversión y presión social. Pero el desarrollo económico ha ido mucho más rápido que el educativo. Mientras las maquiladoras exigen personal técnico y profesional, muchos jóvenes migran, se estancan o se frustran por no encontrar un camino claro para formarse en su propia tierra. El anuncio de una Universidad de la Salud, con carreras como medicina, biomedicina y nutrición, abre una posibilidad real de construir futuro sin tener que abandonar el territorio.

    Y es que el fenómeno no es menor. Formar médicos en la frontera no solo implica atender la demanda profesional, también impacta directamente en el acceso a la salud pública. Esta región ha sido históricamente golpeada por la precariedad de los servicios sanitarios, con hospitales rebasados y zonas donde la atención médica es un privilegio más que un derecho. Que se forme talento local significa arraigo, identidad, y eventualmente, una red de profesionales comprometidos con la zona que los vio crecer.

    La salud no puede ser una aspiración de élites centralizadas. Debe democratizarse, y eso se hace desde las aulas. La Universidad de la Salud no es una panacea, pero sí un gesto estratégico que tiene el potencial de romper inercias. Si se le dota de calidad académica, instalaciones dignas, planta docente preparada y vinculación institucional, puede convertirse en un bastión formativo. No es suficiente que exista, debe ser competitiva, accesible y sensible a las realidades de la frontera.

    La decisión de instalar esta universidad en Reynosa no es gratuita. La ciudad carga un peso demográfico y económico que pocas veces es correspondido con infraestructura educativa de alto nivel. El número de jóvenes que egresan de preparatoria cada año en esta zona es alto, y muchos de ellos terminan en trayectorias truncas, atrapados entre la necesidad de trabajar y la imposibilidad de costear estudios fuera de la ciudad. Para ellos, una universidad pública enfocada en salud podría representar algo más que una oportunidad académica. Podría ser la primera vez que se sientan parte de un proyecto colectivo de transformación.

    El otro anuncio importante fue la construcción del CBTIS 302. Es también relevante, porque la media superior es el cuello de botella del sistema educativo. Muchos jóvenes desertan en esa etapa por razones económicas o sociales. Fortalecer la oferta técnica y tecnológica, y más aún, incorporar el modelo de educación dual -que permite al estudiante formarse tanto en el aula como en un centro de trabajo- es una vía inteligente de conectar educación con empleo. Pero este modelo debe cuidarse de no convertirse en una excusa para mano de obra barata. Debe garantizarse que el componente formativo esté por encima del utilitario.

    Hablar de cifras también permite dimensionar el reto. Más de 55 mil docentes atenderán a una matrícula de más de un millón de alumnos en todo el estado. Son 7,233 escuelas las que forman el entramado educativo. Son datos que imponen respeto, pero también exigen reflexión. ¿Qué tipo de educación están recibiendo esos alumnos? ¿Qué futuro les estamos ofreciendo más allá de los números?

    El programa de útiles escolares para educación básica, así como la distribución de libros de texto ya confirmada, son apoyos logísticos valiosos. Pero son, al final, acciones de mantenimiento. Lo que realmente marca diferencia son las decisiones estructurales, como la creación de nuevas instituciones en zonas estratégicas. Y Reynosa lo es. No solo por su tamaño o su peso económico, sino porque es un termómetro de lo que ocurre cuando el Estado decide invertir en los márgenes.

    El contexto no es sencillo. La obesidad infantil y las adicciones en adolescentes -señaladas por el propio secretario- son problemáticas que requieren algo más que programas temporales. Requieren intervención interinstitucional, continuidad, voluntad política y educación crítica. Por eso es clave que la formación en salud no se limite a lo clínico. Debe incluir una dimensión social, comunitaria, preventiva. Que los futuros médicos y nutriólogos entiendan el contexto donde van a ejercer. Que no estudien para irse, sino para quedarse.

    La frontera no solo necesita seguridad. Necesita salud, educación, arte, ciencia y esperanza. Necesita proyectos como este, que aunque aún no está construido ni tiene fecha exacta de apertura, ya genera conversación, ya dibuja una posibilidad.

    Lo importante ahora será el seguimiento. Que no se trate solo de una promesa ni de un monumento al olvido. Que esta universidad se construya con visión, con voces locales, con participación real de la comunidad académica y estudiantil.

    Porque las ciudades que enseñan a sanar, también sanan sus heridas.

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  • Gasolina: intervención y mensaje

    En un momento en que los caminos del combustible en México se dividen entre lo legal y lo informal, entre lo fiscalizable y lo simulado, el anuncio de que Tamaulipas contará con 30 gasolineras estatales bajo la marca “Bienestar” no pasa desapercibido. No por la cifra. Tampoco por la imagen renovada. Lo que llama la atención es el contexto en el que esta decisión ocurre. La entidad está llena de historias de gasolina que entra disfrazada de alcohol, diesel que se declara como aceite, personajes que se enriquecen al margen de las reglas, y un sector energético donde las certezas escasean tanto como los litros completos.

    En ese escenario, el Estado decide no retirarse, sino todo lo contrario: entrar, participar, competir, intervenir. Y eso, en un terreno como el de la gasolina, tiene un peso político que no se puede ignorar. No es solo infraestructura. No es solo marca. Es también un negocio y un mensaje.

    Walter Julián Ángel Jiménez, secretario de Desarrollo Energético de Tamaulipas, fue claro en el Foro Latinoamericano de Refinación. La intención es cerrar el círculo. Asegurar, dijo, todos los procesos de la cadena, desde el transporte hasta la venta, pasando por la comercialización y la distribución. Asegurarlos con vigilancia, con marca propia, con presencia estatal. 

    Habrá treinta estaciones en diferentes puntos de las regiones centro y sur del estado. Algunas nuevas, otras reutilizando infraestructura ya existente. Una ya ha sido adquirida y será cedida al gobierno. Las demás, prometen, serán operadas con una imagen uniforme y un estándar de calidad que se reportará de manera regular.

    Si el anuncio fuera estrictamente técnico, tal vez bastaría con una infografía. Pero no lo es. En Tamaulipas hablar de gasolina es hablar de huachicol. Y hablar de huachicol, ahora, es también hablar de lo fiscal, de las simulaciones en aduana, de los vacíos que durante años han permitido que miles de litros crucen bajo otro nombre y terminen en lugares que no aparecen en ningún mapa oficial. 

    Lo dijo también Walter Jiménez. En Tamaulipas se ha simulado la importación de diesel como si fuera aceite y de gasolina como si fuese alcohol. Es un secreto a voces que ha dejado de ser secreto. Y que ahora, al ser dicho en público por un funcionario de alto nivel, cobra una nueva dimensión.

    Frente a ese diagnóstico, el Estado no opta por el repliegue. No se limita a regular. Decide participar. Y esa participación no es abstracta. Tiene color, logo, y estaciones físicas. Tiene rostro. En lugar de vigilar el espectro de lo que huele a irregularidad, decide instalarse dentro. Para disputar el terreno en la prestación de servicio. Para recuperar confianza. Para surtir certeza.

    Pero como todo movimiento simbólico, este también abre interpretaciones. Y muchas de ellas estarán marcadas por el momento. Hay políticos bajo sospecha. Hay particulares señalados por vínculos con operaciones de contrabando, en México y Estados Unidos. Hay acusaciones, investigaciones y un clima que no deja mucho margen para el beneficio de la duda. En medio de eso, cuando el tema del huachicol fiscal aparece en editoriales y foros nacionales, el Estado anuncia que tendrá su propia red de estaciones. Algunos leerán eso como una buena medida.

    Otros como un gesto arriesgado. Para muchos, será inevitable preguntarse si no se está entrando en una narrativa ya contaminada. Si no se corre el riesgo de que, aunque la intención sea loable, el ruido del entorno termine ahogando el mensaje.

    Porque el problema con la gasolina no está solo en su origen. Está en su trayecto. En la opacidad de los procesos. En las estaciones donde la calidad varía sin explicación. En los litros que no son litros. Y también en los rostros que nadie cuestiona. En ese sentido, la promesa de tener estaciones del Estado que reportarán la calidad de los combustibles es más que una medida técnica. Es una apuesta por una nueva relación con el ciudadano. 

    El nombre que han elegido no es casual. Gasolineras del Bienestar. La palabra bienestar, repetida en otros tantos programas federales, carga con la promesa de algo más allá del servicio. Tiene un tono aspiracional. Apunta a un beneficio colectivo, no solo a una transacción. Pero también es una palabra vulnerable. Si no se sustenta con resultados reales, puede convertirse en un eslogan desgastado. Las estaciones, por tanto, tendrán que demostrar que no son solo un proyecto político con estética guinda. Tendrán que surtir combustible y confianza al mismo tiempo. Y eso no es sencillo en un país donde tantos han fallado en esa doble misión.

    Tamaulipas, clave para el comercio exterior, donde las aduanas han sido durante años un punto de tensión y sospecha, este tipo de anuncios tienen un eco distinto. Aquí, donde la logística y el contrabando se cruzan en los mismos mapas, donde los tráileres cargan tanto mercancías como incertidumbres, el mensaje político debe ser claro: estas estaciones no son una concesión disfrazada. No son un premio político y tampoco son un negocio con vocación pública. 

    Son, o deberían ser, una estrategia legítima para competir con las malas prácticas desde dentro del sistema.

    Tal vez por eso es importante que, más allá del número de estaciones, se comunique cómo garantizará su independencia operativa, cómo evitará conflictos de interés, cómo blindará los procesos de vigilancia, cómo seleccionará a quienes estarán al frente. Porque en temas energéticos, el problema no ha sido la falta de estaciones. Ha sido la falta de certeza. Y la certeza no se decreta, se construye.

    Este movimiento, si se maneja con rigor, puede ser una señal poderosa. Pero si se deja arrastrar por la opacidad o por los intereses grises, terminará siendo una anécdota más en la larga historia del combustible que arde más por lo que representa que por lo que entrega.

    Esas estaciones serán la oportunidad para que podamos ser parte de la solución sin convertirse en parte del problema. Si esas treinta estaciones lo logran, habrán hecho más que vender gasolina. Habrán comenzado a vender algo más escaso: confianza.

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  • Asedio en la frontera

    Es raro ver vacía la pulga de Álamo, en Texas. Durante años ha sido un punto de encuentro para familias, trabajadores migrantes y curiosos que cruzaban el río Bravo para convivir entre música, sabores y precios accesibles. Ese mismo espacio aparece en redes sociales como un escenario desierto, marcado por el miedo. Bastan las noticias de operativos de ICE en la región para desatar la alerta. Basta el miedo para dejar los pasillos vacíos, y para generar incertidumbre. 

    Por estos días, en ciudades como Hidalgo, McAllen, Mercedes, Harlingen, San Benito y todo el Valle de Texas, han comenzado a realizarse operativos para detener a migrantes indocumentados. Son redadas enfocadas en casas de seguridad, sitios de construcción, zonas vulnerables, pero también en lugares de trabajo. Sus efectos son mucho más amplios que la lista de detenidos. La comunidad lo siente. Lo vive. Lo comenta. Y lo teme.

    El mensaje que reciben muchas familias es claro. Están siendo vigiladas. Están siendo perseguidas. Incluso en espacios cotidianos, como un mercado, un estacionamiento o una calle cualquiera, la ansiedad crece. No es sólo la posibilidad de ser arrestado. Es el hecho de saber que, en cualquier momento, un operativo puede fracturar la vida de una familia entera. En el Valle muchas familias son binacionales, y lo que ocurre de un lado de la frontera, se siente del otro. Lo que pasa en McAllen, retumba en Reynosa. Lo que pasa en Brownsville, inquieta en Matamoros.

    Por eso la diputada Magaly Deandar ha salido a hablar con claridad. Las redadas provocan miedo, ha dicho. Y ese miedo, aunque a veces intangible, tiene consecuencias concretas. Familias que cancelan sus planes. Comercios que pierden clientela. Comunidades enteras que entran en modo de alerta. En medio de este panorama, el Congreso de Tamaulipas planea emitir un pronunciamiento para mostrar solidaridad con los connacionales afectados. Un gesto simbólico, sí, pero no menor. Porque reconocer la existencia del problema ya es un paso importante.

    Deandar lo ha dicho con claridad: la mayoría de los migrantes no buscan problemas. Buscan oportunidades. Buscan una vida. Y no cualquier vida, sino una donde el trabajo y el esfuerzo puedan transformarse en futuro. En muchas de estas historias no hay crimen, no hay amenaza, no hay conspiración. Solo hay personas que cruzaron una frontera para intentar sobrevivir. Personas que dejaron atrás violencia, pobreza o falta de oportunidades. Y ahora enfrentan la posibilidad de ser devueltas, no por ser un peligro, sino por ser invisibles en un sistema que prefiere no verlas.

    No se trata de cuestionar el derecho soberano de Estados Unidos para definir y proteger sus fronteras. Ese derecho existe y es legítimo. Pero hay una diferencia entre protegerse y criminalizar. Entre tener políticas migratorias y sembrar terror. Las redadas masivas no solo afectan a quienes son detenidos. También golpean la confianza social, el tejido comunitario, el estado emocional de miles de personas que viven, trabajan y contribuyen silenciosamente a la vida de ese país.

    Estados Unidos es una nación construida sobre la migración. Su espíritu, su fuerza laboral, su diversidad cultural, tienen raíces en millones de personas que llegaron buscando un nuevo comienzo. Romper con esa esencia no solo es un error histórico. También es una fractura moral. Porque enviar agentes a recorrer pasillos de mercados, o utilizar vehículos con placas mexicanas para generar confusión, no parece una estrategia de seguridad. Parece un intento deliberado de generar pánico.

    Frente a todo esto, hay una idea poderosa. México debe tener las puertas abiertas para quienes deseen regresar. Pero no basta con el discurso. Hace falta crear condiciones reales de apoyo, programas de reintegración, oportunidades para que quienes regresan encuentren algo más que una bienvenida simbólica. 

    El desafío para ambos países es encontrar un equilibrio. Estados Unidos debe poder mantener el orden, pero sin romper con los principios que le dieron origen. México no debe caer en la confrontación. En medio de esta tensión, hay miles de personas que sólo quieren vivir en paz. 

    El problema migratorio no se resolverá con redadas. Ni con discursos. Ni con muros. Se resolverá cuando se entienda que detrás de cada historia de migración hay una historia de necesidad, de esperanza. Y si eso no se reconoce, entonces no estamos hablando de política migratoria, estamos hablando de negación.

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    Publicado en El Mañana de Reynosa: https://www.elmanana.com/opinion/columnas/asedio-en-la-frontera-5990922.html

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  • La frontera de los sueños rotos

    Las fronteras, cuando se observan desde el poder, parecen líneas estratégicas. Pero cuando se viven desde abajo, se sienten como muros mentales, como heridas abiertas. El endurecimiento de las políticas migratorias en Estados Unidos está revelando una cara cada vez más cruda y desconectada de la realidad. No es solo el endurecimiento de la ley, es la corrosión del alma humana que genera. Migrar, para miles de personas, ha dejado de ser una esperanza y se ha convertido en una carga emocional tan profunda que algunos deciden volver, aunque eso implique regresar a los mismos infiernos de los que huyeron.

    El testimonio de organizaciones como “Ayudándoles a Triunfar”, que trabajan directamente con migrantes en la frontera de Tamaulipas, expone una dimensión que pocas veces se incorpora en el debate político: la salud mental. La angustia, el miedo, la desorientación, son ahora parte del equipaje que traen consigo quienes huyen de sus países. Gladys Cañas Aguilar, presidenta de esta asociación, ha sido clara, lo que más golpea a los migrantes no es solo el rechazo en la aduana o el endurecimiento de las redadas, sino el pánico constante que ya se incrustó en su día a día.

    En Matamoros, por ejemplo, ya no se habla solo de esperanza, sino de rendición. Hay migrantes que deciden autodeportarse. No lo hacen porque encontraron mejores opciones en sus países. Lo hacen porque no pueden más. Porque el sistema migratorio norteamericano los ha llevado al límite emocional. Esta decisión de regresar a la incertidumbre, al riesgo o a la pobreza, no nace de la razón. Nace de la desesperación. En muchos casos, es una forma de salvar lo que queda de su dignidad.

    Estados Unidos tiene, por supuesto, el derecho soberano de cuidar sus fronteras. Eso no está en discusión. Pero cuando la soberanía se convierte en una muralla insensible, cuando los procedimientos pierden toda noción de humanidad, y se convierten en mensajes agresivos, el problema deja de ser jurídico y se convierte en ético. Las decisiones recientes, como el uso de vehículos con placas mexicanas en redadas, pueden parecer detalles logísticos. Pero en realidad siembran confusión y aumentan el miedo. Es como si la cacería ya no respetara ni siquiera el sentido básico de lo que es justo.

    Lo que está en juego es más que la legalidad de una política. Está en juego el tipo de sociedad que se quiere construir. Una que levanta muros cada vez más sofisticados, o una que entiende que ningún país se construye cerrando puertas. Los migrantes no son una amenaza. Son parte de la fuerza laboral que sostiene, en muchos casos de manera invisible, sectores enteros de la economía estadounidense. Agricultura y servicios. Sin ellos, muchas actividades no funcionarían. Pero en lugar de reconocimiento, lo que reciben es persecución.

    Mientras en la Casa Blanca se discuten prohibiciones y nuevas órdenes ejecutivas, en la frontera mexicana se sienten los ecos. Y no es solo un problema de los migrantes. Lo es también para las comunidades del norte de México, que están viendo crecer, sin herramientas suficientes, una población flotante que no puede ir ni regresar. Trump decide en Estados Unidos, pero el impacto lo absorbe en gran parte nuestra frontera. La contención migratoria en territorio mexicano ha generado nuevos retos para gobiernos locales que no tienen ni el presupuesto ni la infraestructura para atenderlos.

    La política migratoria, al volverse más agresiva, también se ha vuelto más contradictoria. Por un lado, se implementan redadas más duras. Por otro, se cierran las puertas de asilo. Y al mismo tiempo, se reconoce que muchos migrantes son indispensables para la economía. Esa lógica disfuncional es la que está produciendo efectos colaterales de largo plazo, como la fragmentación social, aumento de vulnerabilidades y una sensación cada vez más extendida de que el sistema ha dejado de tener sentido.

    Estamos en medio de un capítulo inédito de la historia; Estados Unidos está dejando de ser un sueño, una esperanza para quienes antes veían el norte como la solución laboral o de ingresos para sus familias, esa derrota hoy se ve como una desesperanza creciente en nuestro país y en toda Latinoamérica. 

    México no es responsable del diseño de esa política, pero sí está en medio de sus consecuencias. Y aunque el gobierno federal ha evitado un discurso confrontativo, las señales están ahí. La presión para contener migrantes en el sur, los acuerdos bilaterales de cooperación en seguridad fronteriza, y la falta de filtros de revisión realmente eficaces, están creando una mezcla que tarde o temprano estallará en forma de crisis humanitaria.

    No se trata de culpar a nadie. Se trata de entender que estamos en un punto de inflexión. El futuro inmediato no pinta fácil ni para los migrantes ni para los gobiernos. El retorno forzado de personas a países con violencia estructural o sin garantías básicas es, en muchos casos, una condena. Pero mantenerlos varados, sin acceso a servicios ni estatus definido, también lo es. Y Tamaulipas, como frontera viva, está justo en el centro de esa tensión.

    Lo que dicen los informes, lo que denuncian las organizaciones y lo que se percibe en las calles de Matamoros o Reynosa no puede seguir ignorándose. La salud mental de los migrantes está quebrándose. En internet se ven imágenes de fronteras como la de Tijuana, donde muchos caen en los vicios y las drogas, perdidos, abatidos, golpeados, derrotados por un sistema en el que parecen ser hijos e hijas de nadie.

    Y eso es un reflejo de que el sistema migratorio también lo está. La pregunta ya no es si Estados Unidos debe o no permitir más migrantes. La pregunta es si puede seguir tratando este tema como una guerra interna cuando lo que hay enfrente son personas que solo quieren vivir.

    En el debate global las políticas migratorias se están convirtiendo en un espejo de nuestras contradicciones. Pedimos legalidad pero ignoramos la urgencia humanitaria. Reclamamos orden pero sembramos caos. Hablamos de soberanía pero olvidamos la responsabilidad compartida. El endurecimiento de la frontera puede frenar el paso de cuerpos, pero no detiene la desesperación de quienes cruzan con el alma en ruinas.

    Y en medio de todo esto, está la frontera norte de México, recibiendo sin reclamar, absorbiendo sin pensar en el colapso, y sosteniendo un problema que nadie quiere asumir. Los gobiernos cambian. Las elecciones pasan. Pero la ruta migrante sigue ahí, más viva y más herida que nunca.

  • Silencio con olor a pólvora

    La música se apagó. El eco de los últimos acordes del Grupo Fugitivo, una joven agrupación norteña, quedó sepultado por el silencio que deja la violencia cuando arrasa con todo. El caso estremeció al estado entero no solo por lo doloroso, sino por lo profundamente simbólico. El hallazgo de cinco cuerpos que corresponden a los integrantes desaparecidos sacudió la memoria colectiva de una ciudad que, desde hace más de quince años, ha aprendido a vivir con miedo, a continuar con la vida aunque la sombra del crimen organizado se proyecte sobre cada esquina, cada negocio, cada familia.

    Reynosa no es una ciudad ajena al sufrimiento. Ha sido testigo de múltiples etapas de violencia, desde los enfrentamientos armados hasta la más reciente expansión del crimen como una estructura paralela que cobra piso, extorsiona, secuestra y asesina sin freno. Lo que antes eran hechos esporádicos en la mancha urbana, hoy se sienten como parte de un sistema que muta y crece. La ciudad, generosa y trabajadora, ha recibido a miles en busca de oportunidades. Sin embargo, el abrazo que alguna vez dio esperanza se siente hoy atrapado entre el temor y la resignación.

    El caso del Grupo Fugitivo es una herida abierta. Cinco jóvenes, entre ellos un representante, desaparecieron tras acudir a una presentación privada en la colonia Rancho Grande. Cámaras de seguridad los captaron ingresando al lugar, pero no hay registros de su salida. Luego se supo que el lugar donde tocarían no era más que un terreno baldío. Su camioneta apareció sin logotipos y se detectaron rastros de sangre. Lo que siguió fue una búsqueda desesperada, familiares, ciudadanos, músicos y colectivos de desaparecidos se unieron. Protestaron frente a la presidencia municipal y en el puente internacional Reynosa-Pharr, con el deseo de encontrar con vida a los integrantes de la banda.

    Pero la esperanza se rompió. La Fiscalía confirmó que los cuerpos encontrados en un predio de la misma zona presuntamente correspondían a los músicos. Nueve personas fueron detenidas y se aseguraron armas y vehículos. 

    Este caso es especialmente devastador porque refleja hasta qué punto la presencia criminal ha invadido, desde hace muchos años, todos los rincones de la vida cotidiana en Reynosa. Lo que alguna vez fueron excepciones, hoy son parte del paisaje social. Lo sabe usted y lo sé yo, es del dominio público: negocios que pagan extorsión, calles marcadas por la violencia, niños que crecen sabiendo qué hacer cuando hay una balacera, jóvenes que aprenden a evitar ciertas zonas, ciertos horarios, ciertas personas. No hay familia en Reynosa que no tenga una historia ligada, directa o indirectamente, a la violencia. La inseguridad se ha convertido en una experiencia transversal, un enemigo silencioso que acompaña al ciudadano en el trayecto al trabajo, en las reuniones familiares o de amigos, en las decisiones más básicas del día a día.

    Este fenómeno ha generado un daño profundo en el tejido psicológico de la ciudad. No se trata solo de estadísticas, sino de una fractura emocional acumulada. Hay generaciones enteras marcadas por el miedo, por la incertidumbre, por la falta de horizontes. La juventud, que debería construir sueños, crece con la convicción de que el crimen lo ve todo, lo escucha todo, lo controla todo. El luto se ha convertido en rutina, y la esperanza, en un acto de resistencia silenciosa.

    La muerte de los integrantes de Grupo Fugitivo también simboliza algo que va más allá de la violencia puntual. Representa la imposibilidad de crear, de expresarse, de tener una vida normal en una ciudad que ha sido atrapada por fuerzas que no se detienen. No es solo la pérdida de cinco personas, es la pérdida de lo que podrían haber sido, de su música, de sus familias, de su futuro. Y es también el recordatorio de que en Reynosa cualquier persona puede desaparecer, de que nadie está completamente a salvo.

    A pesar de todo, la ciudad sigue. Porque Reynosa, como tantas ciudades heridas de México, no se rinde. Hay desarrollo, hay industria, hay trabajo, hay esfuerzos institucionales. Pero el costo humano es inmenso. Se ha avanzado, sí, pero se convive con un dolor que rara vez se expresa a fondo. La sociedad ha aprendido a endurecerse, pero ese endurecimiento también significa desgaste, agotamiento, desconfianza. Significa una vida vivida a medias, con los sentidos alerta, con el alma en pausa.

    La pregunta no es solo cómo sucedió esto, sino hacia dónde vamos. ¿Qué nos dice este caso sobre el estado del país? ¿Qué le espera a Reynosa en los próximos años? ¿Cómo se reconstruye una comunidad donde la maldad ha tocado prácticamente cada puerta? Los que se fueron ya no volverán, pero los que quedan necesitan paz, necesitan una ciudad donde el miedo no dicte las reglas.

    Reynosa se encuentra al borde de un precipicio social. Una ciudad que abrió los brazos al progreso, a la inversión, al movimiento económico, hoy lucha por no perder más terreno entre las sombras. Las nuevas generaciones enfrentan un laberinto donde cada salida parece un espejismo. 

    No es justo que los sueños se apaguen con balas, que personas desaparezcan al buscar ganarse la vida con su música o que esta se convierta en una sentencia de muerte. Que no se nos olvide que cada silencio impuesto por el miedo es una derrota para todos.

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    Publicado en El Mañana de Reynosa: https://www.elmanana.com/opinion/columnas/silencio-con-olor-a-polvora-5986361.html

  • Plaga en el horizonte

    Desde hace décadas Tamaulipas ha sostenido su relevancia ganadera, gracias a un delicado equilibrio entre calidad, estatus sanitario y cumplimiento normativo. Esa combinación ha permitido que el estado sea el quinto exportador de ganado, con un 16 por ciento de las 960 mil cabezas que cruzaron la frontera hacia Estados Unidos, uno de los mercados más exigentes del mundo. Pero hoy, ese equilibrio enfrenta una amenaza. No se trata de un problema interno, sino de un fenómeno que avanza desde el sur del país, arrastrando consigo incertidumbre, desconfianza y riesgos para toda la cadena productiva.

    El gusano barrenador del ganado, una plaga que puede parecer distante en el mapa, ya ha dejado de ser una preocupación ajena. El brote más cercano se encuentra a 700 kilómetros de distancia, en Las Choapas, Veracruz. A simple vista, podría parecer lejano. Pero la distancia, en este caso, no es garantía de seguridad. La movilidad de la mosca que lo transmite y la fragilidad de los controles en ciertas regiones del país hacen que su avance no pueda descartarse ni minimizado. Las fronteras administrativas son débiles frente a un parásito que puede desplazarse por aire o sobre el cuerpo de animales infectados.

    Tamaulipas sigue siendo, formalmente, una zona libre del gusano barrenador. Así lo reconocen las autoridades estatales, federales y también el gobierno de Estados Unidos. Pero esa categoría, lejos de ser una medalla, es una responsabilidad. Obliga a mantener medidas estrictas de vigilancia, coordinación con productores y protocolos claros de detección y respuesta. 

    El problema no es solo biológico. Es también político y estructural. Para mantener a salvo al norte, se necesita mirar con atención lo que ocurre en el sur. Porque ahí, en la frontera con Centroamérica, los filtros de control son endebles. El ingreso ilegal de animales, muchas veces sin trazabilidad ni control sanitario, representa una vía de alto riesgo. Productores de estados como Tamaulipas, Nuevo León y Coahuila, entre otros, que han cumplido con los requisitos internacionales, no pueden cargar con las consecuencias de un sistema que falla en otros puntos del país.

    Las autoridades sanitarias mexicanas han diseñado una regionalización del territorio nacional para enfrentar el problema. Se han definido tres zonas: una con presencia activa del parásito, otra de amortiguamiento, y una zona libre donde se refuerzan los mecanismos de prevención. Tamaulipas se encuentra en esta última. Se han desplegado acciones de vigilancia epidemiológica, instalación de trampas, inspecciones en unidades productivas y campañas de información con asociaciones ganaderas. Todo eso suma. Pero no es suficiente si al mismo tiempo no se fortalecen los puntos de entrada del ganado en la frontera sur.

    El gobierno estatal, a través de la Subsecretaría de Desarrollo Pecuario y Forestal, ha emprendido reuniones informativas en coordinación con la Unión Ganadera Regional de Tamaulipas, producto de esta coordinación se realizaron 49 encuentros. El objetivo es claro, capacitar a los productores para que identifiquen posibles síntomas del parásito y reporten de inmediato cualquier sospecha. La detección temprana es la única herramienta para frenar un brote. Pero esa estrategia depende, en gran medida, de la confianza y participación del sector productivo. Y la confianza se construye también con claridad en las reglas del juego.

    Mientras tanto, la exportación en pie hacia Estados Unidos permanece suspendida. No porque haya un caso en la entidad, sino por decisión de la secretaria de Agricultura estadounidense ante la detección de la plaga en otras zonas del país. El daño, en este caso, es colateral. Los ganaderos tamaulipecos ven paralizadas sus operaciones por una amenaza que no han generado. Es una prueba más de cómo los riesgos sanitarios en México deben asumirse como un tema nacional, no fragmentado por estados.

    Nuevo León, un estado sin presencia confirmada del gusano, ha decidido no esperar. Sus productores de carne bovina, que aportan el 11 por ciento del total nacional, impulsan un plan conjunto con Senasica y autoridades locales para contener cualquier posible ingreso de la plaga. Aunque no han detallado públicamente las medidas, el mensaje es claro, más vale anticiparse que lamentar. Saben que no pueden controlar la llegada de la mosca, pero sí pueden mitigar sus efectos y responder con rapidez ante cualquier brote.

    La industria ganadera del norte del país no solo genera empleo. También es una pieza central del comercio exterior mexicano. Cada certificado sanitario que acompaña a una exportación no es un simple trámite, sino un compromiso. Con los consumidores, con los socios comerciales, con los estándares que exigen calidad e inocuidad. Y ese compromiso se ve amenazado si las autoridades no aseguran que todas las regiones del país cumplan con los mismos criterios.

    El impacto de la plaga no se limita a las pérdidas directas. También mina la credibilidad. Estados Unidos exige garantías, no discursos. Si percibe vacíos en la vigilancia, aplicará bloqueos sin distinguir entre regiones. La suspensión actual es una advertencia. El camino para reabrir el comercio pasa por demostrar que México puede contener al parásito sin importar donde aparezca.

    No se trata de crear alarmas innecesarias. Las cifras recientes indican una disminución en los casos activos, lo que sugiere que la estrategia nacional está dando resultados. El secretario de Agricultura, Julio Berdegué, ha reconocido este avance. Pero esos datos deben complementarse con acciones preventivas. 

    La experiencia obliga a no confiarse. Otras crisis sanitarias han enseñado que las plagas no respetan fronteras, ni tiempos políticos. El gusano barrenador no espera a que se redacten protocolos. 

    Tamaulipas, junto con Sonora, Chihuahua, Durango y Coahuila, ha asumido con responsabilidad su papel como zona libre. Pero esa libertad solo es sostenible si se mantiene viva la cooperación federal y si se atienden los puntos vulnerables del país. El problema no está aquí, pero sus consecuencias sí. Y aunque nadie desea que la plaga toque territorio tamaulipeco, es justo reconocer que la amenaza ya forma parte del horizonte.

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    Publicado originalmente en El Mañana de Reynosa:

    https://www.elmanana.com/opinion/columnas/plaga-en-el-horizonte-5984482.html

  • Trato preferencial y frontera fuerte

    Las decisiones que se toman en Washington a veces parecen lejanas, pero cuando se trata del comercio exterior, la política de Estados Unidos tiene un eco inmediato en Tamaulipas. Ayer martes, la publicación de un decreto que otorga trato arancelario preferencial a los vehículos producidos en México y Canadá bajo el T-MEC no es una noticia más en la guerra comercial global, es un mensaje que resuena con fuerza en la frontera, donde el rugido de los tractocamiones es tan habitual, como el paso de las horas.

    El secretario de Economía, Marcelo Ebrard, anunció que el decreto representa una reducción de entre 40 y 50 por ciento en los aranceles promedio para vehículos automotores fabricados bajo el T-MEC. Esta medida constituye una excepción estratégica, reconoce el valor de la integración norteamericana y, por consecuencia, también reconoce el valor de la industria instalada en el estado.

    Aquí no sólo se ensamblan productos, aquí se entreteje gran parte de la conectividad industrial del país. Nuevo Laredo, la aduana número uno de México, canaliza más de un tercio de las operaciones fronterizas nacionales. Reynosa y Matamoros, también en el top nacional, son nudos fundamentales de la industria automotriz y maquiladora. En cada una de estas ciudades cientos de miles de empleos están vinculados, directa o indirectamente, con el comercio bilateral. Y aunque las cifras de operaciones en el primer trimestre del año han tenido ligeros descensos, la recaudación fiscal en las aduanas tamaulipecas creció de manera notable: Matamoros subió más del 26 por ciento, Reynosa más del 8. Son datos que no pueden ignorarse.

    El nuevo decreto no sólo reconoce el contenido estadounidense en la cadena de valor, también incluye el ensamblaje como parte del proceso de producción. Esta distinción es clave. México —en particular, la frontera tamaulipeca— ha desarrollado una industria automotriz con fuerte contenido regional. En plantas de esta franja del país se ensamblan autopartes que cruzan a diario hacia Estados Unidos. La cadena no se corta en la línea divisoria, está diseñada para complementarse.

    Este anuncio se enmarca, además, en la antesala de la revisión del T-MEC, prevista para el segundo semestre del año. Ebrard ha señalado que la región se dirige hacia una economía más integrada, con una visión compartida en sectores estratégicos como la energía, los semiconductores y los minerales críticos. El mensaje es claro: Estados Unidos necesita a México y Canadá, tanto como ellos lo necesitan a él. Y, para Tamaulipas, esa interdependencia es una oportunidad, pero también un reto.

    El anuncio de un trato preferencial es un alivio, pero también una llamada de atención. Significa que algo se está haciendo bien, pero también que hay mucho por fortalecer. Las reglas que hoy nos favorecen pueden cambiar mañana. Y el único blindaje posible es la competitividad con justicia, la logística con legalidad, el desarrollo con visión regional.

    En los próximos meses, la revisión del Tratado será una prueba no sólo para los negociadores, también para las regiones como Tamaulipas que viven de su cumplimiento. Las nuevas reglas sobre contenido, origen y beneficios arancelarios requieren precisión técnica, pero también inteligencia política.

    La reducción de aranceles a los autos del T-MEC es una buena noticia, pero es, sobre todo, una oportunidad de consolidar lo que ya se tiene.

    Tamaulipas tiene ventajas logísticas que otras regiones del país no pueden replicar fácilmente. Su red de cruces fronterizos, aduanas de alta capacidad y cercanía con el mercado estadounidense lo colocan en una posición privilegiada para aprovechar el nuevo decreto sobre aranceles preferenciales.

    Las industrias establecidas en ciudades como Nuevo Laredo, Reynosa y Matamoros están conectadas con cadenas de suministro globales, lo que permite que los beneficios del T-MEC se traduzcan en competitividad real para los exportadores locales.

    Este escenario también puede ser un incentivo para atraer nuevas inversiones con menores cargas arancelarias para productos ensamblados bajo reglas del T-MEC, la región se vuelve más atractiva frente a otras zonas del país o de América Latina que no cuentan con la misma infraestructura ni condiciones logísticas. Los inversionistas buscan eficiencia y acceso directo a los principales mercados.

    A nivel nacional, la entidad se consolida como un punto estratégico para la manufactura avanzada, no sólo como zona de tránsito. Competir en el nuevo entorno global requiere más que bajos costos laborales, requiere ubicaciones estratégicas, cumplimiento normativo y capacidad para integrarse con rapidez a cadenas de valor. Tamaulipas tiene los elementos para lograrlo, y el reto será traducir estos beneficios en empleo calificado, crecimiento sostenido y una posición más fuerte dentro del mapa económico del país.

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  • Frontera, con saldo a favor

    Las cifras suelen tener una cualidad silenciosa: no hacen mucho ruido, y algunas de ellas no aparecen en discursos; pero cuando se analizan con detenimiento, revelan más de lo que parece. 

    El reciente informe de la Agencia Nacional de Aduanas de México sobre el primer trimestre de 2025 muestra algo que Tamaulipas debe leer con atención, porque en medio de tensiones comerciales, presiones externas y amenazas que vienen desde Estados Unidos, hay algo que la frontera mexicana está haciendo bien; en especial, Tamaulipas.

    Nuevo Laredo, Matamoros y Reynosa no sólo son puntos clave del comercio exterior, son también líderes nacionales. En el primer trimestre de 2025, estas tres aduanas tamaulipecas se colocaron entre las cinco con mayor recaudación en todo México, y juntas concentraron más del 60 por ciento del movimiento aduanal en la frontera norte.

    Durante el periodo de enero a marzo se registraron más de cinco millones de operaciones de comercio exterior en México. Aunque esto representa una ligera caída respecto al mismo lapso de 2024, con una baja del 2.1 por ciento, lo que más importa no es sólo la cantidad, sino dónde ocurre lo crucial. Y ahí Tamaulipas vuelve a colocarse en el centro del comercio nacional.

    La aduana de Nuevo Laredo se mantuvo como la número uno del país, con más de 1.2 millones de operaciones; una cifra que por sí sola representa el 36 por ciento del total nacional. Aun con una ligera baja del 1.6 por ciento respecto al año pasado, Nuevo Laredo sigue sosteniendo, con fuerza y eficiencia, una parte clave de la economía mexicana. Y no lo hace sola. Reynosa y Matamoros también están entre las diez aduanas con más operaciones.

    Pero si el volumen es importante, la recaudación lo es aún más. En un contexto donde los ingresos públicos enfrentan presiones, el papel de las aduanas como generadoras de recursos se vuelve fundamental. Y ahí, de nuevo, Tamaulipas da la nota alta: la aduana de Nuevo Laredo recaudó 56 mil 820 millones de pesos en el primer trimestre del año; esto no sólo la coloca como la número uno del país, con una participación del 48 por ciento en la recaudación nacional, sino que lo hizo creciendo un 24.8 por ciento respecto al mismo periodo del año anterior.

    Matamoros y Reynosa no se quedan atrás: ambas aparecen en el top cinco nacional. Matamoros con casi 8 mil millones de pesos, un crecimiento del 26.6 por ciento; Reynosa con más de 7 mil millones, creciendo al 8.3 por ciento. Estos no son datos menores, son cifras que revelan una capacidad que, muchas veces, se da por sentada; hablan de procesos, de vigilancia, de eficiencia administrativa. En otras palabras, hablan de una frontera que no sólo lidera el dinamismo de la economía tamaulipeca, sino que cumple con su deber fiscal.

    Y, sin embargo, estas cifras también contrastan con otros relatos, los que se construyen desde fuera. Donald Trump, desde su campaña, ha insistido en endurecer el trato hacia México, ha amenazado con nuevos aranceles, ha despreciado la utilidad del T-MEC, incluso ha propuesto enviar tropas a territorio mexicano para combatir el crimen organizado. En ese discurso de confrontación, la frontera aparece siempre como un espacio problemático, como un lugar donde se origina el caos.

    Pero el informe de la Agencia Nacional de Aduanas dice otra cosa: Muestra una frontera que sostiene el comercio bilateral más importante del continente, una frontera que recauda casi la mitad del ingreso aduanal del país, una frontera que, lejos de ser un lastre, es un activo, un motor, un espacio que debería defenderse con políticas públicas, no con muros.

    El reto, claro, no termina ahí, porque estas cifras también revelan desigualdades internas. Nuevo Laredo, Matamoros y Reynosa concentran los beneficios, pero también los riesgos. Son territorios con actividad intensa, pero también con alta presión logística, con infraestructura que requiere modernización constante y con comunidades que no siempre se benefician de ese dinamismo; por eso, hablar de comercio exterior también implica hablar de desarrollo local, de cómo hacer que los ingresos que se generan en estas entidades se traduzcan en bienestar para quienes viven ahí.

    Es momento de repensar a la frontera no como un espacio de vigilancia, sino como un territorio estratégico, como una plataforma para el desarrollo económico de México, como un punto donde el Estado debe invertir, no sólo vigilar. Porque el talento aduanal ya está ahí, la vocación productiva también, lo que hace falta es una visión más ambiciosa, que entienda que cada pipa, cada contenedor, cada tráiler que cruza por Tamaulipas lleva consigo una posibilidad de transformación. Y que esa posibilidad no debe perderse.

    Mientras en otras partes del país el debate gira en torno a la recaudación tributaria o la necesidad de atraer inversión extranjera, Tamaulipas ya está ahí siendo útil, eficiente, determinante. Y eso merece atención, merece seguimiento y, sobre todo, merece respaldo. No es casualidad que las principales aduanas del país estén aquí. Es resultado de años de consolidación institucional, de logística aprendida, de una relación constante con el comercio internacional.

    En tiempos donde los discursos nacionalistas amenazan con cerrarse al mundo, donde la guerra de tarifas resurge como amenaza global, Tamaulipas demuestra que la apertura no sólo es viable, sino rentable; que el comercio no es una debilidad, sino una fuente de estabilidad, y que una frontera bien gestionada puede ser más fuerte que cualquier tratado firmado a regañadientes.

    Por eso, cuando se mire a la frontera, cuando se hable de ella, no debe hacerse sólo desde la narrativa del miedo, también hay que hacerlo desde la evidencia. Y la evidencia es clara: Tamaulipas sostiene, recauda y mueve. Y lo hace mejor que nadie.

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    Publicado en El Mañana de Reynosa: https://www.elmanana.com/opinion/columnas/frontera-con-saldo-a-favor-5980566.html

  • Lo que Pepe Mujica le diría a Tamaulipas

    Ayer murió Pepe Mujica, y con él no solo se fue el expresidente más querido de Uruguay, sino un referente ético, incómodo y entrañable de la política latinoamericana. Mujica habló siempre con claridad, a veces con crudeza, pero nunca sin propósito. Por eso, su figura trasciende las fronteras de su país. Porque su austeridad era política y personal. Auténtica. Su testimonio, un alegato contra el cinismo. Su legado, creo que puede ser una brújula para sociedades como Tamaulipas. Como el norte de México, donde conviven la promesa y la fractura.

    Durante décadas, Tamaulipas ha vivido entre contrastes. Es uno de los motores industriales del país, con una posición estratégica y una capacidad exportadora que lo distingue. Pero también enfrenta desafíos que no pueden ignorarse. Alberga algunas de las aduanas más importantes del país, pero también redes de poder profundamente arraigadas. Es un corredor de oportunidades, pero también de silencios. A su dinamismo económico se superponen tensiones, rezagos y zonas donde la institucionalidad aún necesita fortalecerse. En medio de esta compleja realidad, ¿qué le diría Mujica a Tamaulipas?

    Probablemente, Pepe comenzaría por recordarnos que el desarrollo no puede medirse solo por la cantidad de exportaciones o el dinamismo de las maquilas. Que el éxito de un estado no se resume en indicadores macroeconómicos. Que la verdadera transformación ocurre cuando los pueblos son capaces de pensar en su dignidad, y no solo en su productividad. Mujica creía que el capitalismo debía servir a la gente, no al revés. Que el crecimiento sin sentido social era una forma elegante de injusticia.

    Y eso requiere de nuestra atención. Porque Tamaulipas, con toda su potencia logística y su cercanía con Estados Unidos, ha sido demasiado tiempo rehén de su ubicación. Un estado que vive mirando al norte, muchas veces sin mirarse a sí mismo. La dependencia económica con Estados Unidos, que hoy se expresa en una guerra de aranceles y en declaraciones cada vez más agresivas de Donald Trump, debería recordarnos una lección que Mujica expresó para CNN en el 2022: “Hay que intentar ir creando otra economía, en las entrañas de esta economía, sin destrozarla”

    Frente a las amenazas arancelarias, frente al chantaje comercial, frente al cierre del país vecino, Mujica no hubiera respondido con aspavientos, sino con firmeza. Habría insistido en fortalecer el mercado interno. En diversificar las relaciones comerciales. En no poner todos los huevos en una sola canasta. Porque cuando uno depende de un solo socio, ya no es socio, es rehén.

    En lo político, Mujica también tendría algo que decirnos. Porque algunas regiones siguen atrapadas en inercias de desconfianza ciudadana, de baja participación política, de escepticismo frente a las instituciones. Mujica, que se enfrentó a la dictadura, que vivió más de una década en prisión, que fue torturado y aislado, jamás usó su pasado para justificar el autoritarismo. Al contrario, insistió en la democracia como una práctica cotidiana. Como un acto de responsabilidad civil. «La democracia no es perfecta. La democracia está llena de defectos porque son nuestros humanos defectos, pero hasta hoy no hemos encontrado nada mejor. Por lo tanto, es fácil perderla y es difícil volverla a ganar. Tienen que cuidarla», decía. Esa pasión a veces parece diluirse en nuestra realidad.

    No menos importante, Mujica fue un defensor radical de la paz. No de la paz retórica, sino de la paz real. En un estado como Tamaulipas, atravesado desde hace tiempo por la violencia del crimen organizado, por la disputa de territorios, por las desapariciones y el miedo que se ha instalado en la cotidianidad de muchas comunidades, sus palabras resuenan con fuerza. “No se puede construir una sociedad sobre el miedo”, decía. En cambio, apostó por políticas sociales, por rehabilitación, por esperanza. Legalizó la marihuana no como acto de rebeldía, sino como un intento racional de quitarle el negocio a los narcos. Su objetivo era simple, quitarles poder sin más sangre.

    En el debate sobre seguridad, hoy sobran los discursos de mano dura, de militarización, de intervención externa. Incluso Donald Trump ha ofrecido enviar tropas a México para combatir a los cárteles. Sheinbaum rechazó esa propuesta. Creo que Mujica habría hecho lo mismo. Pero también nos recordaría que no basta con decir “no” a la intervención extranjera. Hay que construir soberanía con resultados. Hay que ganar legitimidad donde más se ha perdido. En los barrios. En las calles.

    A Tamaulipas también le hablaría de migración. Porque esta tierra es paso y destino, esperanza y dolor para algunos migrantes. Miles de personas atraviesan su territorio buscando el sueño americano, y muchas veces encuentran pesadillas. Mujica, que recibió refugiados sirios en Uruguay, que creyó en la solidaridad como política pública, vería con alarma cómo las fronteras se endurecen, cómo la compasión se criminaliza, cómo se levantan muros, visibles e invisibles. Su mensaje fue claro: “El fenómeno de migración es casi cotidiano en nuestra historia, y conviene tener memoria”.

    Y finalmente, Mujica nos diría que no olvidemos lo esencial. Que en medio del ruido mediático, de la guerra de cifras, de los discursos que suben y bajan con cada ciclo electoral, hay algo que no cambia, la necesidad de vivir con dignidad. De apostar por la educación. De invertir en salud. De no olvidar a los que no tienen voz. Mujica, el expresidente que donaba su salario, que vivía en una casa modesta, que se bañaba con un vaso de agua en la cárcel, tenía autoridad moral para decirlo.

    Hoy, desde algún lugar, seguramente observa con escepticismo este mundo que sigue tropezando con las mismas piedras una y otra vez. Pero también con la esperanza de que su legado no se diluya. Que inspire. Que incomode. Que anime a nuevas generaciones a hacer política sin convertirse en cínicos.

    A Tamaulipas le hace falta un poco de eso. De rebeldía con sentido. De voluntades que no se olviden de las manos que levantaron esta frontera.

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    Publicado originalmente en El Mañana de Reynosa:

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  • Drones sobre el río

    En la línea que divide a Tamaulipas del sur de Texas, la tecnología se ha convertido en el nuevo rostro de una amenaza conocida. No es un misil, ni un convoy armado, ni una persecución en brechas o campos. Es un dron. Pequeño, silencioso, difícil de detectar. Pero cargado de información, o en algunos casos, de droga. La jefa del sector del Valle del Río Grande de la Patrulla Fronteriza, Gloria Chávez, lo ha dicho con claridad. En los últimos tres años han detectado 155 mil sobrevuelos no autorizados a lo largo de la frontera con México. No son drones recreativos. Son herramientas de vigilancia, operadas por organizaciones criminales que espían las operaciones de seguridad de Estados Unidos. Es, en palabras de la funcionaria, una amenaza muy seria.

    Lo que ocurre en esa línea fronteriza tiene un impacto directo sobre Tamaulipas. La cercanía geográfica con Texas, la presencia de grupos criminales, la dinámica intensa de comercio, migración y seguridad convierten al estado en un punto neurálgico de la discusión. Reynosa, Matamoros, Nuevo Laredo y toda la Ribereña. Nombres que aparecen una y otra vez cuando se trata de rutas, decomisos, operativos. Y ahora, también, como escenarios de una guerra tecnológica silenciosa, en la que los drones representan una ventaja táctica para el crimen organizado. Sirven para grabar, para observar, para anticipar. Y eventualmente, como ya ocurrió, para transportar droga por vía aérea.

    No es un tema nuevo, pero sí ha escalado. El dato más revelador ofrecido por Chávez es que el uso de drones comenzó a documentarse sistemáticamente desde febrero de 2022. Desde entonces, las cifras han crecido de forma exponencial. Tan solo el año pasado, un dron cargado con cocaína cruzó el río Bravo. Eran siete libras, una cantidad modesta en términos de contrabando, pero inmensa en cuanto al mensaje que representa. El crimen está dispuesto a innovar, a adaptarse, a incorporar cualquier tecnología que le permita operar con mayor impunidad.

    La respuesta de Estados Unidos ha sido el reforzamiento de su frontera con más personal, más patrullajes y una inversión creciente en tecnología para contrarrestar esta nueva táctica. Chávez asegura que ahora, con la baja en los flujos migratorios, pueden enfocar más recursos a enfrentar esta modalidad de vigilancia criminal. La presencia de más de 16 mil elementos de diversas agencias norteamericanas a lo largo de la frontera lo confirma. No es casualidad que este tema haya ganado prioridad en las reuniones de seguridad bilateral.

    Tampoco es casual que este nuevo episodio ocurra mientras Donald Trump ha comenzado a retomar la narrativa del combate transfronterizo contra los cárteles mexicanos. En meses recientes, el expresidente estadounidense ha sugerido enviar tropas a territorio mexicano para enfrentar directamente a los grupos criminales. Aunque no hay una propuesta formal en curso, el eco de sus palabras ha reactivado un viejo temor. La posibilidad de que la cooperación binacional pierda el carácter civil y diplomático para convertirse en un ejercicio de presión militar unilateral. Frente a esto, la presidenta Claudia Sheinbaum ha sido tajante. México no permitirá la intervención de tropas extranjeras. No por simpatía con los criminales, sino por soberanía.

    En ese posicionamiento, Sheinbaum ha sido clara y firme. Ha reconocido que Trump ofreció apoyo militar para combatir al crimen organizado, y también que México rechazó esa posibilidad. La decisión no es menor. Implica asumir el control del problema, hacerse responsable, mantener la soberanía como principio rector de la política exterior. Pero también implica estar a la altura del desafío. Porque si no se actúa con contundencia desde el lado mexicano, el argumento de la inacción será usado como justificación para nuevas presiones o medidas unilaterales.

    Hay que decirlo. Ciudades tamaulipecas, especialmente en la frontera, viven esa tensión todos los días. No es solo una cuestión de drones. Es una realidad marcada por la vigilancia, el miedo, la sospecha. Es una región donde las estrategias criminales cambian con rapidez, mientras las instituciones hacen esfuerzos por adaptarse a nuevas amenazas. El espacio aéreo de baja altura se ha convertido en un terreno disputado. Lo que antes se hacía con halcones humanos, ahora se hace con drones que transmiten video en tiempo real. Los cruces de información, los puntos ciegos, los relevos de guardias. Todo se graba. Todo se analiza. Todo puede ser explotado.

    La relación entre Estados Unidos y México en materia de seguridad fronteriza ha sido siempre tensa, pero también profundamente recíproca. Washington sabe que sin cooperación mexicana no hay estrategia posible para contener el flujo de drogas. Y México sabe que sin inteligencia estadounidense es más difícil enfrentar a las redes internacionales de tráfico. Pero el equilibrio se rompe cuando uno de los dos actores cree que el otro no está haciendo lo suficiente. Hoy, ese punto de quiebre puede estar acercándose. Las advertencias del Departamento de Justicia norteamericano sobre corrupción en las aduanas mexicanas, y los reportes del FBI sobre estructuras criminales binacionales, apuntan a que la tensión podría escalar.

    Tamaulipas no es solo frontera. Es un espacio de tránsito, pero también de destino. Es una región que ha aprendido a sobrevivir entre operativos y rumores, entre retenes y rutas clandestinas. Por eso, cada señal de alerta que surge desde el otro lado de la línea preocupa. Porque aquí es donde se sienten los efectos, donde llegan las consecuencias, donde se despliegan los operativos. Las decisiones que se tomen en Washington o en la Ciudad de México se traducen en patrullajes, en cateos, en cambios en la rutina de miles de personas.

    El desafío está en encontrar un equilibrio entre la defensa de la soberanía y la urgencia de actuar. El dron, convertido en herramienta de la ilegalidad, es una señal clara de que el crimen va un paso adelante. El Estado debe responder con inteligencia, coordinación y firmeza, antes de que esas pequeñas máquinas definan las nuevas estrategias del delito.

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    Publicado en El Mañana de Reynosa:
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  • Después del tratado

    Donald Trump volvió a poner en duda lo que hasta hace poco parecía incuestionable. Este martes dijo que ya no sabe si el T-MEC es necesario. Lo dijo frente al primer ministro canadiense, Mark Carney, en la Casa Blanca. Lo dijo mientras los tres países aún se preparan para evaluar la continuidad del acuerdo que, desde 2020, rige la integración económica de América del Norte. No es la primera vez que Trump dinamita el terreno desde donde habla. Pero esta vez, sus palabras resuenan con más fuerza, porque llegan justo cuando la economía de Estados Unidos muestra signos de desaceleración y cuando la ofensiva arancelaria que ha impuesto empieza a alterar los flujos comerciales globales.

    En este escenario, el  dato es contundente. A pesar de los nuevos aranceles, las exportaciones mexicanas a Estados Unidos crecieron 15.4 por ciento en marzo, según la Oficina del Censo, un crecimiento que supera al de Canadá y contrasta con la caída registrada por China. México exportó casi 48 mil millones de dólares ese mes, consolidándose como el principal socio comercial de Estados Unidos, con una participación de 14.6 por ciento. Es una cifra que sorprende, pero que también debe leerse con cautela. Porque si bien los números son buenos, no lo es el contexto.

    Desde el 4 de febrero, Estados Unidos aplica un arancel del 25 por ciento a todos los productos mexicanos que no cumplan con las reglas de origen del T-MEC. Además, el 12 de marzo se impuso el mismo arancel a importaciones de acero, aluminio y sus derivados. El propio Fondo Monetario Internacional advirtió que este clima proteccionista eleva el riesgo de recesión en Estados Unidos a un 40 por ciento. México, en este contexto, ya enfrenta una revisión a la baja de su crecimiento. De acuerdo con el FMI, el país podría entrar en recesión este año, con una contracción del PIB de 0.3 por ciento, muy lejos del 1.4 por ciento que se proyectaba hace solo tres meses.

    ¿Qué significa todo esto para Tamaulipas? Mucho. Porque Tamaulipas no es una nota al calce del comercio con Estados Unidos. Es frontera, es industria, es logística. En ciudades como Reynosa, Matamoros y Nuevo Laredo, la economía se ha construido sobre la base de un modelo exportador profundamente vinculado al mercado estadounidense. Lo mismo ocurre en los puertos de Altamira y Tampico, que sirven como nodos estratégicos para las cadenas de valor global. Cualquier alteración en esta dinámica tiene repercusiones directas en la planta productiva local, en el empleo y en las decisiones de inversión.

    Dos buenas noticias por ahora: uno, las exportaciones mexicanas han resistido; dos, se mantiene la exención de los aranceles a las autopartes y componentes con ‘ADN gringo’. 

    Parte del repunte de las exportaciones se debe al adelanto de embarques para evitar el impacto de los aranceles. Pero también hay detrás una inercia productiva que sigue siendo fuerte. La mala noticia es que la volatilidad no ha terminado. Trump ha dicho que no necesita firmar acuerdos. Que los demás países son los que necesitan acceso al mercado estadounidense. Y esa narrativa no solo es retórica, está guiando las decisiones de su administración. Las señales son claras. Hay un giro hacia el proteccionismo, una presión creciente sobre las reglas del T-MEC y una incertidumbre que se cierne sobre el futuro inmediato.

    En este contexto, no basta con exportar más. Los expertos dicen que hay que pensar estratégicamente. México necesita acelerar su transición hacia un modelo que combine integración con diversificación. Y Tamaulipas debe estar en esa primera línea de transformación. Porque si algo ha quedado claro en los últimos meses es que depender de un solo mercado es un riesgo. Las decisiones de una sola persona, por más poderoso que sea su cargo, no deberían tener la capacidad de poner en jaque el desarrollo de toda una región.

    Por eso cobra sentido el discurso que desde hace tiempo insiste en fortalecer el mercado interno, en buscar nuevos socios globales, en fomentar cadenas de valor regionales más robustas. Pero esos objetivos no se alcanzan con mensajes políticos. Se logran con política industrial activa, con infraestructura moderna, con educación técnica pertinente, con incentivos bien diseñados. Tamaulipas, con su vocación exportadora, tiene la oportunidad de ir más allá del ensamblaje y del cruce de mercancías.

    Lo que ocurre hoy con los aranceles es una advertencia. No porque el comercio con Estados Unidos vaya a desaparecer, sino porque puede cambiar de forma. Y si México no se adapta, sí Tamaulipas no se prepara, el golpe será mayor. Lo que debe hacerse es claro. Reducir la vulnerabilidad externa. Diversificar mercados. Aprovechar las tensiones globales para ofrecer al mundo una plataforma de producción confiable, eficiente y estable. Y al mismo tiempo, mirar hacia adentro. Potenciar el consumo interno. Fortalecer la economía local. Hacer que las exportaciones no sean la única vía de desarrollo.

    Frente a la política incendiaria y la incertidumbre, México debe mantener la línea de responder con inteligencia. 

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  • Más allá de la maquila

    El diputado local Byron Cavazos ha lanzado una propuesta que, en apariencia, desafía el modelo económico que ha sostenido a Tamaulipas durante décadas. Su llamado a diversificar la oferta educativa y evitar que la industria «secuestre» la vocación de los jóvenes tamaulipecos ha generado debate. En un estado donde la maquila y la manufactura emplean a más de 230 mil personas y representan el 7.4% del empleo nacional en el sector, de acuerdo a datos del INEGI ​, cuestionar este modelo puede parecer arriesgado. Sin embargo, su planteamiento merece una reflexión profunda.​

    Tamaulipas ha sido un pilar en la industria maquiladora, con ciudades como Matamoros, Reynosa y Nuevo Laredo albergando numerosas plantas. Estas han proporcionado empleo y desarrollo económico, consolidando al estado como un motor industrial del país. No obstante, en los últimos años, la dependencia excesiva de este modelo ha mostrado sus vulnerabilidades. Entre 2022 y 2025, el sector IMMEX en Tamaulipas perdió más 47,700 empleos en establecimientos manufactureros, con mayor impacto en Reynosa . La incertidumbre generada por políticas arancelarias y cambios en el comercio internacional ha afectado la estabilidad laboral y la llegada de nuevas inversiones.​

    En este contexto, la propuesta de Cavazos de diversificar la oferta educativa cobra relevancia. La formación de jóvenes no debe limitarse a las necesidades inmediatas del aparato productivo. Es esencial fomentar una educación que también valore las humanidades, las ciencias sociales y las artes, permitiendo que los estudiantes desarrollen sus verdaderas vocaciones. Además, es crucial impulsar una cultura emprendedora que prepare a los jóvenes para crear sus propias oportunidades y adaptarse a un mercado laboral en constante cambio.​

    El gobierno de Tamaulipas ha reconocido esta necesidad y ha implementado programas para fomentar el emprendimiento. Iniciativas como el programa «4T Talento y Trabajo Transformando Tamaulipas» buscan fortalecer la identidad y el orgullo tamaulipeco al destacar el potencial de su juventud y fomentar una cultura emprendedora . Asimismo, la Universidad Autónoma de Tamaulipas impulsa proyectos de economía social, buscando generar un impacto positivo en las comunidades .​

    Sin embargo, estos esfuerzos deben intensificarse y coordinarse con una revisión profunda de la oferta educativa. Es fundamental que las instituciones educativas, en colaboración con el sector privado y el gobierno, diseñen programas que preparen a los estudiantes para los desafíos del futuro, promoviendo habilidades como la creatividad, la innovación y la resiliencia.​

    La historia industrial de Tamaulipas es motivo de orgullo. Las manos de miles de trabajadores han construido una economía sólida y han contribuido al desarrollo del estado. Reconocer su labor es esencial. Sin embargo, también es momento de mirar hacia adelante y preparar a las nuevas generaciones para un mundo en constante transformación. Diversificar la educación y fomentar el emprendimiento no significa abandonar el modelo industrial, sino complementarlo y fortalecerlo.​

    No se trata de demeritar el trabajo industrial. Todo lo contrario. Las manos obreras han levantado esta región. Con su esfuerzo se han construido parques industriales, se han sostenido cadenas de suministro y se ha alimentado el comercio transfronterizo. Sería injusto romantizar otras profesiones y mirar por encima del hombro a quienes se levantan cada día a trabajar en una línea de producción. Pero también sería miope ignorar que hay un exceso de dependencia en un solo tipo de formación. Una apuesta única por el modelo maquilador no solo vulnera la libertad de elección educativa, también pone en riesgo la estabilidad futura de la región.

    Las tensiones globales lo confirman. La guerra arancelaria entre Estados Unidos y China, los pronósticos de recesión en norteamérica y las decisiones del presidente Trump que imponen un día y el otro también una agenda mundial de incertidumbre, nos recuerdan que no podemos poner todos los huevos en una sola canasta. Hoy más que nunca, Tamaulipas necesita una estrategia que combine el desarrollo industrial con el impulso a una cultura emprendedora. Que fortalezca su capital humano desde la diversidad, no desde la uniformidad. Que prepare a los jóvenes para insertarse en el mercado laboral, pero también para imaginar sus propios proyectos, para innovar, para crear empleo.

    En un entorno global donde las políticas comerciales pueden cambiar, como lo han demostrado las recientes medidas, depender exclusivamente de un sector económico es arriesgado. Es imperativo que Tamaulipas diversifique su economía y prepare a su juventud para enfrentar los desafíos del futuro con herramientas adecuadas.​

    Hablar de cultura emprendedora no es repetir slogans vacíos. Es pensar en programas reales de formación, en incubadoras de negocios accesibles, en créditos para jóvenes sin capital inicial, en marcos normativos que no ahoguen las ideas desde el inicio. Es aceptar que no todos quieren o deben depender de una nómina. Que hay talento en las colonias populares de Reynosa, en las comunidades rurales de El Mante o en las universidades públicas de Victoria y Matamoros que puede y debe encontrar caminos distintos. La educación debe ser ese puente.

    La propuesta de diversificación también debe ser leída en clave de justicia social. Porque no todos tienen la posibilidad de mudarse a Monterrey, Ciudad de México o Guadalajara a estudiar una carrera que no se oferta en su ciudad. Porque muchas familias hacen malabares para sostener a sus hijos en carreras técnicas que quizá nunca desearon. Porque cada año egresan profesionistas que no encuentran campo en lo que estudiaron y terminan en empleos informales, precarizados o incluso expuestos a dinámicas ilegales. No por falta de talento, sino por falta de opciones.

    La propuesta del diputado Cavazos es una invitación a repensar el futuro de Tamaulipas. Es una oportunidad para construir un modelo educativo y económico más inclusivo, resiliente y adaptado a las realidades actuales. Aprovecharla dependerá de la voluntad y colaboración de todos los sectores involucrados.​

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