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Actualidad

Un espacio para analizar y reflexionar sobre los eventos que marcan el presente, desde noticias y tendencias hasta experiencias cotidianas que ayudan a entender mejor el mundo.

  • Silencio con olor a pólvora

    La música se apagó. El eco de los últimos acordes del Grupo Fugitivo, una joven agrupación norteña, quedó sepultado por el silencio que deja la violencia cuando arrasa con todo. El caso estremeció al estado entero no solo por lo doloroso, sino por lo profundamente simbólico. El hallazgo de cinco cuerpos que corresponden a los integrantes desaparecidos sacudió la memoria colectiva de una ciudad que, desde hace más de quince años, ha aprendido a vivir con miedo, a continuar con la vida aunque la sombra del crimen organizado se proyecte sobre cada esquina, cada negocio, cada familia.

    Reynosa no es una ciudad ajena al sufrimiento. Ha sido testigo de múltiples etapas de violencia, desde los enfrentamientos armados hasta la más reciente expansión del crimen como una estructura paralela que cobra piso, extorsiona, secuestra y asesina sin freno. Lo que antes eran hechos esporádicos en la mancha urbana, hoy se sienten como parte de un sistema que muta y crece. La ciudad, generosa y trabajadora, ha recibido a miles en busca de oportunidades. Sin embargo, el abrazo que alguna vez dio esperanza se siente hoy atrapado entre el temor y la resignación.

    El caso del Grupo Fugitivo es una herida abierta. Cinco jóvenes, entre ellos un representante, desaparecieron tras acudir a una presentación privada en la colonia Rancho Grande. Cámaras de seguridad los captaron ingresando al lugar, pero no hay registros de su salida. Luego se supo que el lugar donde tocarían no era más que un terreno baldío. Su camioneta apareció sin logotipos y se detectaron rastros de sangre. Lo que siguió fue una búsqueda desesperada, familiares, ciudadanos, músicos y colectivos de desaparecidos se unieron. Protestaron frente a la presidencia municipal y en el puente internacional Reynosa-Pharr, con el deseo de encontrar con vida a los integrantes de la banda.

    Pero la esperanza se rompió. La Fiscalía confirmó que los cuerpos encontrados en un predio de la misma zona presuntamente correspondían a los músicos. Nueve personas fueron detenidas y se aseguraron armas y vehículos. 

    Este caso es especialmente devastador porque refleja hasta qué punto la presencia criminal ha invadido, desde hace muchos años, todos los rincones de la vida cotidiana en Reynosa. Lo que alguna vez fueron excepciones, hoy son parte del paisaje social. Lo sabe usted y lo sé yo, es del dominio público: negocios que pagan extorsión, calles marcadas por la violencia, niños que crecen sabiendo qué hacer cuando hay una balacera, jóvenes que aprenden a evitar ciertas zonas, ciertos horarios, ciertas personas. No hay familia en Reynosa que no tenga una historia ligada, directa o indirectamente, a la violencia. La inseguridad se ha convertido en una experiencia transversal, un enemigo silencioso que acompaña al ciudadano en el trayecto al trabajo, en las reuniones familiares o de amigos, en las decisiones más básicas del día a día.

    Este fenómeno ha generado un daño profundo en el tejido psicológico de la ciudad. No se trata solo de estadísticas, sino de una fractura emocional acumulada. Hay generaciones enteras marcadas por el miedo, por la incertidumbre, por la falta de horizontes. La juventud, que debería construir sueños, crece con la convicción de que el crimen lo ve todo, lo escucha todo, lo controla todo. El luto se ha convertido en rutina, y la esperanza, en un acto de resistencia silenciosa.

    La muerte de los integrantes de Grupo Fugitivo también simboliza algo que va más allá de la violencia puntual. Representa la imposibilidad de crear, de expresarse, de tener una vida normal en una ciudad que ha sido atrapada por fuerzas que no se detienen. No es solo la pérdida de cinco personas, es la pérdida de lo que podrían haber sido, de su música, de sus familias, de su futuro. Y es también el recordatorio de que en Reynosa cualquier persona puede desaparecer, de que nadie está completamente a salvo.

    A pesar de todo, la ciudad sigue. Porque Reynosa, como tantas ciudades heridas de México, no se rinde. Hay desarrollo, hay industria, hay trabajo, hay esfuerzos institucionales. Pero el costo humano es inmenso. Se ha avanzado, sí, pero se convive con un dolor que rara vez se expresa a fondo. La sociedad ha aprendido a endurecerse, pero ese endurecimiento también significa desgaste, agotamiento, desconfianza. Significa una vida vivida a medias, con los sentidos alerta, con el alma en pausa.

    La pregunta no es solo cómo sucedió esto, sino hacia dónde vamos. ¿Qué nos dice este caso sobre el estado del país? ¿Qué le espera a Reynosa en los próximos años? ¿Cómo se reconstruye una comunidad donde la maldad ha tocado prácticamente cada puerta? Los que se fueron ya no volverán, pero los que quedan necesitan paz, necesitan una ciudad donde el miedo no dicte las reglas.

    Reynosa se encuentra al borde de un precipicio social. Una ciudad que abrió los brazos al progreso, a la inversión, al movimiento económico, hoy lucha por no perder más terreno entre las sombras. Las nuevas generaciones enfrentan un laberinto donde cada salida parece un espejismo. 

    No es justo que los sueños se apaguen con balas, que personas desaparezcan al buscar ganarse la vida con su música o que esta se convierta en una sentencia de muerte. Que no se nos olvide que cada silencio impuesto por el miedo es una derrota para todos.

    Mail: ct@carlostovar.com
    X: @carlostovarmx

    Publicado en El Mañana de Reynosa: https://www.elmanana.com/opinion/columnas/silencio-con-olor-a-polvora-5986361.html

  • Reynosa bajo el agua; Reynosa de pie

    El agua cayó sin tregua sobre Reynosa el 27 de marzo. En menos de tres horas, una ciudad entera se transformó en un espejo de lodo, escombros y angustia. Las imágenes que comenzaron a circular en redes sociales esa tarde parecían tomadas de otro tiempo, de otro país, de una catástrofe distante. Pero no. Era aquí. Eran las avenidas principales convertidas en ríos, los coches arrastrados como juguetes, las casas inundadas hasta el pecho, los niños en brazos de sus madres cruzando calles con el agua al cuello. Era Reynosa, una vez más al límite.

    La tormenta desbordó en un tiempo récord los canales Rodhe y Anzaldúas, arterias que atraviesan la ciudad y que colapsaron bajo la presión de una lluvia inusual por su intensidad, pero no por su impacto. El agua no solo inundó las calles, también se metió en los hogares, en las aulas, en los comercios. La Secretaría de Educación estatal suspendió todas las clases hasta el 1 de abril, con el fin de evaluar los daños en cada escuela. Pero mientras los destrozos se evaluaban, los ciudadanos actuaban.

    Desde los primeros minutos, cuando las imágenes de las calles anegadas comenzaron a aparecer en los celulares, una oleada distinta se extendió por toda la ciudad. No era agua, era solidaridad. En medio del caos, desconocidos se convertían en aliados, ofreciendo su ayuda para rescatar a quienes habían quedado atrapados. Un padre cruzaba nadando el bulevar Hidalgo para salvar a su hijo. Un hombre cedía su lancha para evacuar a vecinos aislados por la crecida. Hombres con cuerdas improvisadas formaban cadenas humanas para sacar autos varados. En un Seven Eleven, cuyo techo colapsó por la fuerza de la tormenta, los trabajadores lograron salir con vida gracias a la reacción de quienes estaban cerca. Alumnos del Cetis 71 y del Cobat 7 tuvieron que dormir en la escuela. Volver a casa fue imposible, pero hubo quienes llegaron con cobijas y comida. Estas escenas, grabadas, compartidas y replicadas, son las que quedarán en la memoria colectiva. Porque en Reynosa, cuando el agua lo arrasa todo, la gente responde con lo mejor de sí. Y cuando todo parece perdido, la ciudad vuelve a demostrar que su mayor fuerza está en su gente.

    En la colonia Voluntad y Trabajo, un hombre intentó destapar una alcantarilla para permitir que el agua bajara. Lo hizo por instinto, por urgencia, por comunidad. La corriente lo succionó. Se lo llevó. El cuerpo fue hallado al día siguiente en el canal donde desemboca el drenaje pluvial. La ciudad lo lloró en silencio. No era un político, no era un funcionario, era un ciudadano que intentó ayudar y que perdió la vida por una infraestructura que no resiste. Esa muerte no fue solo una pérdida, fue una acusación muda contra un sistema que no previene, que no mantiene. Una acusación, también, contra quienes, con descuido cotidiano, convierten las calles en basureros y alimentan el colapso cada vez que llueve.

    Las autoridades han hablado de lluvias atípicas, de fenómenos extraordinarios. Pero en Reynosa, como en muchas otras ciudades del país, lo extraordinario se ha vuelto rutinario. Cada año, cada temporada de lluvias, se repite el mismo ciclo. Calles convertidas en canales, hogares convertidos en presas, vidas paralizadas por la falta de drenaje, de planificación, de respuesta. La naturaleza descarga su furia, sí, pero la omisión humana hace el resto. Las lluvias no matan, matan la negligencia, destruye la indiferencia, el abandono.

    Las redes sociales, tantas veces escenario de polarización, esta vez sirvieron como canal de ayuda y de esperanza. Bajo los hashtags de la tragedia, circularon también las manos extendidas. “Entre lodo y escombros, así se ve la esperanza”, escribió El Mañana de Reynosa en Facebook. Y era cierto. Las fotografías mostraban a personas barriendo la calle, vehículos destruidos por la inundación, basura acumulada por la corriente del agua, muebles empapados y destruidos, cocinas llenas de lodo; retratos de la vida cotidiana apagándose. 

    Vimos también en redes la otra cara de la tragedia. La del esfuerzo silencioso, la del corazón en alto. Una ciudad reconstruyéndose con las uñas y con el alma. Porque en Reynosa, incluso cuando todo parece perdido, siempre hay alguien dispuesto a volver a empezar. Reinventarse, rehacerse, reiniciar, resistir; eso es Reynosa. Levantarse y continuar.

    Hoy Reynosa tiene algo más que lodo. Tiene memoria. Y esta inundación, como otras antes, quedará marcada en su historia no solo por el agua que arrasó, sino por la dignidad de quienes la enfrentaron. Porque esta ciudad, tantas veces estigmatizada por la violencia, por el abandono, por la crisis migratoria, es también una ciudad de resistencia. Una ciudad donde la gente sale a barrer su calle aunque no haya nadie que lo pida. Donde se tienden lazos, no porque haya cámaras o recompensas, sino porque es lo correcto.

    El río Bravo, mientras tanto, se encuentra lleno. Las zonas cercanas al cauce viven en estado de alerta. Las lluvias podrían volver, y con ellas, el temor de que lo que ya ocurrió se repita con mayor fuerza. Familias enteras vigilan el cielo con ansiedad, no como un fenómeno meteorológico, sino como una amenaza. Y esa incertidumbre se suma a una lista de angustias que ya eran largas. La preocupación no debería centrarse únicamente en el pronóstico del clima, sino en el estado del sistema de drenaje, en la limpieza de los canales, en la capacidad de respuesta de las autoridades, en los recursos disponibles para mitigar y prevenir.

    Porque si algo quedó claro es que el primer frente de respuesta no vino desde los escritorios. Vino desde la calle, desde los vecinos, desde los anónimos. Reynosa se ayudó a sí misma. Fue una mano tendida desde Reynosa para Reynosa. Esa mística, esa magia, no se improvisa. Nace de la experiencia, de la adversidad, de años aprendiendo a vivir con poco, con miedo, pero también con mucho corazón y un enorme coraje. Con ganas de salir adelante frente a todo.

    Ahora, mientras se calcula el costo de los daños, mientras se activan protocolos y se hacen diagnósticos, hay una lección que no puede pasar desapercibida. La tragedia no solo fue el agua, fue la desprotección. No basta con esperar a que la lluvia cese. Hay que garantizar que no vuelva a golpear con la misma fuerza, que no arrase con la misma facilidad, que no cobre las mismas vidas.

    La ciudad necesita mucho más que limpieza. Necesita planes hídricos sostenibles, inversiones reales en infraestructura pluvial, campañas permanentes de concientización y una cultura de prevención que involucre a todos. Porque no se puede seguir esperando que la solidaridad lo resuelva todo. Porque la próxima vez podría no haber tiempo para reaccionar.

    Pero hoy, a pesar del lodo, del dolor, de las pérdidas, hay algo que permanece. La certeza de que Reynosa no se rinde. Que incluso en medio de una ciudad anegada, donde la lluvia borra los caminos, la gente sigue caminando. Con escoba en mano y con el corazón entero.

    Mail: ct@carlostovar.com

    X: @carlostovarmx

    Publicado en El Mañana de Reynosa

    https://www.elmanana.com/opinion/columnas/reynosa-bajo-el-agua-reynosa-de-pie-5962786.html

  • A cinco años de la pandemia

    Se cumplen cinco años del anuncio mundial de la catástrofe. El 11 de marzo de 2020, el mundo contuvo la respiración. La Organización Mundial de la Salud (OMS) declaraba oficialmente la pandemia de COVID-19. Para muchos, fue el anuncio de algo que ya se sentía en el aire, la incertidumbre, el miedo, la sensación de que la normalidad estaba por romperse.

    Las imágenes que llegaban desde China eran cada vez más inquietantes. Pasillos de hospitales abarrotados, médicos con trajes de bioseguridad colapsando por el cansancio, gritos ahogados de pacientes que no podían respirar, gritos, empujones. En redes sociales circulaban videos de cuerpos inmóviles en las calles, de ambulancias que no daban abasto y de fosas comunes improvisadas en cementerios saturados. Wuhan se convirtió en el epicentro de una pesadilla que nadie entendía del todo, pero que pronto tocaría cada rincón del planeta.

    Pocas veces en la historia moderna la humanidad se había detenido por completo. Aquel marzo de 2020, los aeropuertos cerraron, las ciudades se vaciaron, los negocios bajaron cortinas y los eventos masivos se convirtieron en recuerdos lejanos. Las compras de pánico se apoderaron de supermercados y farmacias. Se acabaron el papel higiénico, los desinfectantes, las mascarillas. En pocos días, la vida cotidiana dejó de existir tal como la conocíamos.

    Los noticieros transmitían imágenes de hospitales en Italia desbordados, de pacientes intubados en estacionamientos de Nueva York, de filas interminables de ataúdes en España. América Latina no tardó en sumarse a la crisis. En Ecuador, cuerpos envueltos en sábanas aparecían en las calles, esperando ser recogidos por las autoridades. En México, los primeros casos confirmados provocaron una reacción desigual: algunos entraron en pánico, otros minimizaron la amenaza.

    En Tamaulipas, el primer caso se confirmó el 16 de marzo en Tampico. Se trataba de un hombre de 55 años, de origen malayo, que había llegado al estado días antes. Para entonces, el virus ya circulaba en el país, y pronto la entidad comenzó a registrar una escalada de contagios.

    El sistema de salud, frágil desde antes de la crisis, comenzó a resentir la presión. Se habilitaron hospitales temporales, se improvisaron áreas de atención en gimnasios y centros de convenciones. Pero aun así, los ventiladores no alcanzaban, el personal médico enfermaba y las imágenes de doctores con cubrebocas marcados en la piel se volvieron parte del día a día.

    Las cifras oficiales dimensionan el impacto de la pandemia en Tamaulipas, aunque los números reales podrían ser mucho mayores. Información de la Dirección General de Epidemiología del Gobierno Federal, actualizada hasta junio de 2023, indica que en el estado se registraron 187,320 casos confirmados de COVID-19 y 8,362 defunciones acumuladas.

    En Reynosa, una de las ciudades más golpeadas, se contabilizaron 29,337 casos y 1,746 defunciones. Sin embargo, los registros informales y los testimonios de médicos y familiares apuntan a una realidad aún más devastadora. Muchos familiares, amigos y conocidos nos dejaron en los días más complicados, el anuncio constante de vidas perdidas dejó registro en las imágenes y mensajes de las redes sociales. 

    Los hospitales colapsaron. En Reynosa, el IMSS y el Hospital General se vieron rebasados. Las salas de urgencias se convirtieron en zonas de batalla donde los médicos tenían que elegir a quién dar atención prioritaria. Las farmacias agotaron los medicamentos esenciales, las funerarias dejaron de dar abasto y muchas familias se vieron obligadas a velar a sus muertos en casa. Negocios de la región dedicados a la venta de oxígeno como INFRA estuvieron sumamente llenos de gente en búsqueda de llenar sus tanques para salvarle la vida a alguien. 

    Las cifras oficiales solo muestran una parte de la tragedia. En el peor momento de la pandemia, los crematorios operaban sin descanso. Muchas personas murieron en sus hogares, sin haber podido acceder a atención médica, y no todas esas muertes quedaron registradas en los conteos oficiales. Muchos otros llevaron a sus familiares a los hospitales… y nunca más los volvieron a ver con vida, recibían la noticia del deceso y después, una bolsa con las cenizas. Una verdadera tragedia por doquier. 

    Hoy recordamos como la pandemia dejó al descubierto una fractura que ya existía, la desigualdad social. Mientras algunos podían cumplir la cuarentena con la seguridad de un sueldo fijo y acceso a servicios médicos privados, otros enfrentaban la crisis con un dilema imposible: salir a trabajar o no comer.

    Cinco años. Qué rápido pasó el tiempo. 

    En las calles de Reynosa, Nuevo Laredo, Matamoros, Ciudad Victoria o Tampico, los vendedores ambulantes nunca dejaron de ofrecer su mercancía. Los obreros en las maquiladoras siguieron produciendo insumos médicos, autopartes, componentes electrónicos. El riesgo no era opcional. Quedarse en casa o salir por el sustento propio y de la familia. 

    La brecha entre quienes podían resguardarse y quienes no, fue más evidente que nunca. Las clases en línea dejaron fuera a miles de niños sin acceso a internet, muchos pequeños negocios quebraron, las familias de bajos recursos enfrentaron no solo el miedo al virus, sino la angustia de no saber si habría comida al día siguiente.

    En Tamaulipas la actividad económica del estado cayó en su momento por la pandemia. La pérdida de empleos en la industria maquiladora fue significativa. El sector, que en su momento fue esencial para la producción de insumos médicos y equipos de protección, se vio afectado por la disrupción en la cadena de suministro global.

    A nivel nacional, la economía sufrió un desplome sin precedentes. El PIB cayó un 17.1% en el segundo trimestre de 2020, la peor contracción en la historia reciente de México. La crisis económica golpeó con más fuerza a los sectores informales, a los pequeños comerciantes, a los trabajadores que no tenían la opción de hacer «home office».

    Hágase esta pregunta y responda con sinceridad. ¿Realmente ya olvidamos todo este terrible episodio?

    Cinco años después, la pandemia parece un episodio borroso en la memoria colectiva. Los cubrebocas han quedado en cajones, las vacunas son un trámite más en el calendario de salud, las calles están llenas otra vez. Pero las cicatrices siguen ahí. 

    Los hospitales recuperaron su rutina, pero las pérdidas siguen pesando en miles de familias. La crisis económica dejó estragos que aún no se resuelven, como negocios que nunca volvieron a ver la luz. El miedo se ha diluido, pero la fragilidad del sistema quedó expuesta.

    El COVID-19 ya no ocupa titulares, pero el mundo que dejó atrás sigue reconstruyéndose. Y la pregunta sigue en el aire: ¿aprendimos algo?

  • Una verdad incómoda

    No se pierden personas, se gana paz. 

    A lo largo de la vida, nos aferramos a la idea de que las relaciones son inmutables, de que quienes nos rodean estarán ahí en los momentos importantes, para celebrar victorias y amortiguar fracasos. Pero la realidad es más cruda. No todos aplauden cuando triunfas, ni te sostienen cuando caes. Algunos solo permanecen mientras les resultes útil.

    No hay que engañarse: muchas veces, la compañía no es sinónimo de lealtad. Las sonrisas pueden ser máscaras, y las palabras de aliento, un eco de intereses disfrazados. En un mundo donde la comparación es el alimento de muchos egos, hay quienes se sienten mejor cuando te ven fallar, y cuando logras avanzar, su incomodidad se hace evidente.

    Cada pérdida nos enfrenta a una revelación: no todos los lazos son sólidos, y no todas las presencias son necesarias. Hay quienes extienden una mano, pero no para ayudar, sino para recordarte lo que les debes. La ayuda genuina es un lujo que pocos ofrecen sin esperar algo a cambio.

    Pero el peor desengaño no viene de fuera, sino de dentro. No es la gente la que te decepciona, sino las expectativas que depositaste en ellos. Creíste en conexiones que nunca existieron, en compromisos que solo vivían en tu mente. Y ahí radica la verdadera lección: cuando alguien se va, no deja un vacío, deja espacio. Espacio para el eco de lo que fue, para el frío de lo que nunca debió ser, y para la verdad que tardaste en aceptar.

    Aprender a estar solo no es un fracaso, es un acto de resistencia. En un mundo que te empuja a buscar validación externa, elegir la tranquilidad sobre la multitud es una decisión difícil, pero liberadora. Es en la pérdida donde se despejan las dudas, donde se caen las ilusiones, donde la claridad toma su lugar.

    No es amargura, es lucidez. Ver a las personas tal como son, sin el filtro de las expectativas, es un alivio y un peso al mismo tiempo. Como quitarse una venda de los ojos: la luz puede deslumbrar al principio, pero luego el camino se vuelve más claro.

    Con el tiempo, llega la certeza más valiosa: no necesitas llenar todos los espacios vacíos. Lo que realmente importa no es la cantidad de gente a tu alrededor, sino la calidad de quienes eligen quedarse. Porque al final, la única compañía que nunca te traicionará es la que encuentras en ti mismo.

  • Masonería: ni brujos ni misas negras

    Hace diez años escribí un artículo sobre la masonería para el periódico El Mañana de Reynosa. Por casualidad, me reencontré con el mientras googleaba algunos términos relacionados con esta sociedad de hombres libres y de buenas costumbres.

    Este descubrimiento trajo a mi mente muchos recuerdos de ese trabajo periodístico, y de mi relación con algunos miembros de la Gran Logia de Libres y Aceptados Masones de Tamaulipas.

    Hoy comparto aquí el artículo íntegro, con el debido crédito a mi antigua casa editorial, El Gran Diario Regional Independiente.

    Masonería: ni brujos ni misas negras

    De la masonería “se dicen muchas cosas… Los únicos ‘secretos’ son ciertos signos y palabras”, pero en el fondo, dice el gran maestro César Kernz Pérez, es “una escuela-fraternidad, ahí emprendemos el camino hacia la superación, es un camino muy largo y espinoso, pues se trata de trabajar al interior de uno mismo”.

    Más allá de ser una sociedad secreta, la masonería y sus miembros son discretos. Definida por sus miembros como una escuela filosófica, la organización no es un club, partido político o religión, sino una fraternidad que mantiene un compromiso con las virtudes y la verdad.

    En Reynosa existen ocho logias masónicas del rito escocés, con alrededor de 200 miembros. En todo Tamaulipas prevalecen al día 90 de ellas, con una población estimada en los 2 mil masones. 

    Y se extienden por todo el mundo, en países como Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Alemania, Grecia, Irlanda, Argentina, Perú, Brasil, Marruecos, Colombia, Japón, y otros tantos.

    César Kernz Pérez, Muy Respetable Gran Maestro de la Gran Logia de Libres y Aceptados Masones de Tamaulipas, explica a los lectores de EL MAÑANA algunos aspectos, muy básicos, de la organización.

    ¿SOCIEDAD SECRETA?

    Uno de los señalamientos más pronunciados en relación a la comunidad masónica, es la poca información que se tiene de sus actividades, y sobre todo, en la privacidad que guardan muchos de sus integrantes.

    “Se dicen muchas cosas, yo no considero que se trate de una sociedad secreta, sus miembros somos ampliamente conocidos, así como el lugar y la fecha de nuestras reuniones. Los únicos ‘secretos’  son ciertos signos y palabras”.

    “No se hacen misas negras, ni se trata de brujería, no se le rinde culto al diablo como se dice en internet, no existe una guerra con las religiones y sus líderes; por el contrario, se trata de una discusión y análisis libre acerca de variados temas de orden cultural, pero sobre todo de aprender a ser mejores personas”, enfatiza Kernz Pérez.

    ¿Cual es la finalidad de la masonería?, se le cuestionó.

    “La masonería es una escuela-fraternidad, ahí emprendemos el camino hacia la superación, es un camino muy largo y espinoso, pues se trata de trabajar al interior de uno mismo”. “Es vencer vicios y costumbres negativas, eso resulta ser una carrera que dura toda la vida, es vivir en el perfeccionamiento del hombre en un individuo justo e inteligente”, respondió.

    ¿Quienes pueden entrar o ser parte de esa fraternidad?

    “Para ingresar a la Orden se requieren condiciones morales e intelectuales, sobre todo, la creencia en la existencia de un Ser Supremo, al que nombramos Gran Arquitecto del Universo”.

    “Uno debe recibir una invitación previa de algún miembro, o bien, el interesado también puede pedir su ingreso. Sin embargo, en cualquiera de los casos se hace una investigación de su conducta y cualidades».

    LOS SÍMBOLOS

    Los masones utilizan diversos símbolos, el máximo líder de la Orden en Tamaulipas, explicó que ello se debe a que una de las formas de aprender es por medio del simbolismo.

    El origen de algunos de ellos, proviene de la construcción; el nivel, el compás, la escuadra, la plomada, el mandil, y otros más, son instrumentos usados por los albañiles y arquitectos.

    “El icono perfecto más conocido a nivel mundial de la masonería son el compás y la escuadra. El compás representa los trazos perfectos y la escuadra el medir nuestras acciones”.

    “Esos símbolos muchas veces nos llevan a la reflexión, el poner expresar una especie de unión de lo interior con lo exterior; la mayoría de ellos provienen de orígenes de la construcción”, explicó.

    Esas herramientas son consideradas muy importantes por los masones, ya que evocan la edificación de grandes obras, con la que es conmemorada la ‘Gran Obra’ o la existencia misma, del Gran Arquitecto del Universo. 

    PARTICIPACIÓN DE LAS MUJERES

    El ala altruista de la masonería son las damas; muchas esposas y madres de los masones forman parte de las Asociaciones de Beneficencia y Cultura (ABC), en las que surgen actividades de carácter social y del bien común. En Reynosa hay dos de ellas.

    “Tenemos un brazo muy fuerte, que son las mujeres, ellas son el rostro amable y benefactor de esta organización. Son quienes desde hace décadas han llevado a cabo tareas altruistas”.

    “Ellas hacen obras de caridad a nuestro nombre, pero nunca lo hacen con el afán de salir en el periódico, o con la intención de ganarse un premio de altruismo, sino de hacerlo de forma desinteresada realmente”, declaró el Muy Respetable Gran Maestro.

    Contrario a lo que se piensa, si hay mujeres dentro de la masonería, han existido logias mixtas en Reynosa y prevalecen en México y varios países, en donde las féminas han destacado por sus altos conocimientos filosóficos.

    La masonería es una escuela-fraternidad, ahí emprendemos el camino hacia la superación”. César Kernz Pérez, Muy Respetable Gran Maestro de la Gran Logia de Libres y Aceptados Masones de Tamaulipas 

    CÓDIGO MORAL MASÓNICO

    Miembros de la masonería en Reynosa facilitaron a este medio los lineamientos que les rigen de manera moral, a los que se apegan desde el momento de su iniciación.

    Artículo originalmente publicado el 23 de noviembre de 2014 en las versiones impresa y digital de EL MAÑANA DE REYNOSA: https://www.elmanana.com/masoneria-ni-brujos-ni-misas-negras/2720279

  • Dos voces, una verdad: El legado de «Tell It Like It Is»


    «If you want… something to play with…
    Go and find yourself a toy…»


    En el vasto y emotivo universo del Rhythm and Blues, pocas melodías capturan la honestidad emocional como lo hace «Tell It Like It Is». Dos grandes voces han dado vida a esta canción, cada una aportando su propio estilo y personalidad a una de las joyas más emblemáticas del género.

    Cuando Aaron Neville la lanzó en 1966, imprimió en cada verso una vulnerabilidad palpable. Su voz única y su capacidad para transmitir cada emoción con una precisión casi dolorosa nos sumergen en una búsqueda incansable de la verdad, rechazando la falsedad y abrazando la realidad con valentía. La canción se convierte en un manifiesto de autenticidad en medio de la angustia del amor no correspondido.

    Pero la historia no terminó ahí. En 1975, la incomparable Etta James, reina indiscutible del R&B y el Soul, tomó la canción y la transformó completamente. Con su inigualable poder vocal y su estilo lleno de pasión arrolladora, James agregó una nueva dimensión a la letra afligida, convirtiéndola en un grito de empoderamiento. Su interpretación no solo pidió una confirmación, sino que exigió la verdad con una fuerza inquebrantable, haciendo de la canción un himno de lucha emocional.

    Ambas versiones, aunque muy diferentes, consolidan a Neville y James como dos pilares del género, cada uno dejando su huella imborrable en la historia de la música negra. La suave interpretación de Neville, llena de vulnerabilidad, y la explosiva reinterpretación de James, cargada de poder y pasión, son prueba de la versatilidad y profundidad del R&B. Estas dos versiones no son meras grabaciones; son espejos de la condición humana, invitaciones a enfrentar nuestras verdades más dolorosas y a abrazar la autenticidad sin miedo.

    Curiosamente, la versión de Neville fue lanzada en 1966 bajo el sello Parlo y alcanzó el puesto número 2 en el Billboard Hot 100 en 1967. En contraste, la versión de Etta James vio la luz en 1975, como parte de su álbum Etta Is Betta Than Evvah! Aunque no tuvo el mismo éxito comercial, su interpretación recibió elogios por su intensidad y originalidad, añadiendo otra capa de significado a esta icónica canción.

    Aaron Neville - Wall Of Sound Gallery
    Aaron Neville – Wall Of Sound Gallery

    La distancia temporal entre ambas versiones permitió que cada una brillara en su propio contexto, contribuyendo a la riqueza y diversidad del legado de «Tell It Like It Is». Ambas versiones nos recuerdan que la verdad, aunque incómoda o dolorosa, tiene el poder de liberarnos, transformarnos y hacernos más fuertes.

    Las interpretaciones de Neville y James no solo nos ofrecen dos lecturas distintas de una misma letra, sino que despiertan una fascinante complejidad emocional. La delicada voz de Neville nos lleva a un estado de reflexión profunda, una vulnerabilidad que conecta directamente con el alma. Mientras tanto, la versión de James irradia una intensidad arrolladora, una valentía que desafía cualquier adversidad, y convierte la búsqueda de la verdad en una batalla personal.

    Etta James - Getty Images
    Etta James – Getty Images

    Ambas versiones encapsulan la esencia de las relaciones: con sus altibajos, sus luchas internas y la imperiosa necesidad de sinceridad. Son como dos caras de una misma moneda, cada una mostrando una faceta diferente de la experiencia amorosa. Es precisamente esta complejidad lo que hace que ambas interpretaciones resulten tan irresistibles: invitan a explorar los rincones más oscuros del corazón, a sentir la intensidad de nuestras emociones y a enfrentarnos a la verdad de frente, sin reservas.

    Y así, entre las delicadas notas de Neville y la fuerza arrolladora de James, descubrimos que, en el R&B, la verdad no solo se dice, se siente. Porque al final, la verdad desnuda siempre será la melodía más poderosa que el alma puede cantar.

  • Reflexiones intemporales: Los consejos de Polonio a Laertes

    Los buenos deseos de Polonio a su hijo Laertes son conocidos por la famosa escena del acto I, escena III de la obra «Hamlet» de William Shakespeare. Polonio, un consejero de la corte del rey, aconseja a su hijo Laertes antes de que este parta hacia Francia. Los consejos de Polonio son sabios y reflejan la preocupación de un padre por el bienestar y el éxito de su hijo.

    Los consejos de Polonio son atemporales y siguen resonando con relevancia. La sabiduría contenida en estas palabras destaca la importancia de la autenticidad, la prudencia en las relaciones, la responsabilidad financiera y la integridad personal. Reflexionar sobre estos consejos al final del año puede ser valioso, ya que nos brindan la oportunidad de evaluar nuestras propias elecciones y acciones.

    En este periodo de cierre del 2023, es propicio recordar la necesidad de ser fieles a nosotros mismos, de ser conscientes en nuestras interacciones sociales y de mantener una ética sólida en nuestras decisiones financieras.

    La idea de evitar peleas innecesarias y elegir nuestras batallas con sabiduría también resuena como un recordatorio para cultivar la paz y la armonía en nuestras vidas.

    La recta final del año es un momento propicio para reflexionar sobre nuestras experiencias, aprender de nuestros éxitos y desafíos, y establecer metas realistas para el próximo año.

    Estos consejos sirven como un faro ético que nos guía hacia la autorreflexión y el crecimiento personal. Al incorporar estas enseñanzas en nuestras vidas, podemos encarar el nuevo año con una mayor claridad de propósito y una comprensión más profunda de cómo ser individuos más auténticos y éticos en nuestras acciones y decisiones.

    Polonio le da a consejos a Laertes:

    POLONIO.- ¡Todavía aquí, Laertes! ¡A bordo, a bordo! ¡Qué vergüenza. El viento sopla en la popa de tu nave, y sólo aguardan tu llegada. Acércate. ¡Que mi bendición sea contigo! Y procura imprimir en la memoria estos pocos preceptos:

    No propales tus pensamientos ni ejecutes nada inconveniente. Sé sencillo, pero en modo alguno vulgar. Los amigos que escojas y cuya adopción hayas puesto a prueba, sujétalos a tu alma con garfios de acero, pero no encallezcas tu mano con agasajos a todo camarada recién salido sin plumas del cascarón. Guárdate de entrar en pendencia; pero, una vez en ella, obra de modo que sea el contrario quien se guarde de ti.

    Presta a todos tu oído, pero a pocos tu voz. Oye las censuras de los demás, pero reserva tu juicio. Que tu vestido sea tan costoso como tu bolsa lo permita, pero sin afectación a la hechura; rico, mas no extravagante, porque el traje revela al sujeto, y en Francia las personas de más alta alcurnia y posición son de esto modelo de finura y esplendidez.

    No pidas ni des prestado a nadie, pues el prestar hace perder a un tiempo el dinero y al amigo, y el tomar prestado embota el filo de la economía. Y sobre todo, esto: sé sincero contigo mismo, y de ello se seguirá, como la noche al día, que no puedas ser falso con nadie.

    (Hamlet, Escena III. W. Shakespeare)

  • Texas congelado: la tormenta que expuso la fragilidad climática y energética de EE.UU.

    Texas, el estado símbolo del petróleo, la independencia energética y la resistencia sureña, ha quedado paralizado por un enemigo inesperado: el frío. Durante días, una tormenta invernal histórica convirtió sus carreteras en pistas de hielo, sus viviendas en cajas de refrigeración y su infraestructura en un coloso de papel incapaz de soportar temperaturas de -18 ºC, las más bajas en tres décadas.

    Lo que comenzó como un fenómeno meteorológico se transformó en una crisis humanitaria: más de 20 muertos, millones sin electricidad ni agua potable y un sistema energético colapsado. Familias atrapadas en sus casas recurrieron a métodos desesperados para calentar sus hogares, con consecuencias fatales: incendios por velas, intoxicaciones por monóxido de carbono y hospitales saturados en medio de la pandemia.

    Pero más allá de las imágenes de tuberías congeladas y autopistas cubiertas de nieve, la tormenta de febrero de 2021 dejó al descubierto algo aún más alarmante: Estados Unidos no está preparado para enfrentar el cambio climático.

    La gran mentira de la autosuficiencia energética

    Texas es el único estado del país con una red eléctrica independiente. Un sistema diseñado para evitar la intervención del gobierno federal, pero que, en su obsesión por la desregulación, terminó siendo víctima de su propio modelo. Cuando la demanda de electricidad se disparó, el sistema colapsó, dejando sin luz a más de cuatro millones de personas.

    Desde las primeras horas del apagón, las autoridades intentaron culpar a las turbinas eólicas congeladas. Pero la realidad fue más compleja: las plantas de gas, carbón y energía nuclear también fallaron. Sin infraestructura adecuada para el frío extremo, las tuberías de gas natural se congelaron, las líneas de transmisión colapsaron y el estado quedó en la oscuridad.

    Texas, con su orgullo energético, se había confiado en la idea de que siempre tendría suficiente energía. Pero la tormenta demostró que la autosuficiencia sin planificación es solo una ilusión.

    La catástrofe humanitaria que nadie vio venir

    El frío extremo no solo paralizó la economía del estado; desató una crisis de supervivencia. Sin electricidad ni calefacción, miles de personas recurrieron a generadores en interiores, provocando intoxicaciones por monóxido de carbono. Un incendio en Houston, causado por velas utilizadas para iluminar una casa, dejó cuatro muertos. En algunas zonas, la gente recogía nieve para hervirla y así poder obtener agua potable.

    El colapso no fue solo eléctrico, sino de infraestructura básica. Treinta y tres condados texanos reportaron interrupciones en el suministro de agua potable, afectando a más de 13 millones de personas. El agua que salía de los grifos era marrón y contaminada. Para millones, la crisis del frío se convirtió en una lucha desesperada por la subsistencia.

    Cambio climático: la amenaza que Texas ignoró

    La gran paradoja de la tormenta es que Texas ha sido históricamente uno de los estados más escépticos respecto al cambio climático. Políticos y líderes empresariales han negado sistemáticamente su impacto, mientras defienden un modelo energético basado en combustibles fósiles.

    Pero la ciencia es clara: el calentamiento global no solo aumenta las temperaturas, sino que también altera los patrones climáticos, haciendo que los eventos extremos sean más frecuentes e intensos. Las masas de aire frío del Ártico, que solían permanecer confinadas en el polo, ahora descienden con más fuerza debido al debilitamiento de la corriente en chorro. El resultado es lo que Texas acaba de vivir: inviernos cada vez más extremos en lugares donde antes eran impensables.

    Negar esta realidad ya no es una opción. Si Texas no adapta su infraestructura, si sigue dependiendo de un sistema eléctrico frágil e inflexible, volverá a colapsar con la próxima tormenta.

    Una advertencia para el resto del mundo

    El desastre texano no es un caso aislado. Lo que ocurrió en febrero de 2021 es un adelanto de lo que otras regiones podrían enfrentar en los próximos años si no toman medidas urgentes. Las infraestructuras no están diseñadas para la nueva realidad climática. Lo que antes era un fenómeno raro se está convirtiendo en una amenaza recurrente.

    La crisis energética de Texas también impactó a México. El norte del país sufrió cortes de energía debido a la interrupción del suministro de gas natural texano. Las fábricas, las casas y hasta los hospitales sintieron el impacto de un modelo energético dependiente de un solo proveedor.

    Joe Biden, en su primer gran reto como presidente, declaró estado de emergencia en Texas, pero el problema trasciende una administración. Se trata de un modelo energético que ya no es sostenible.

    La gran pregunta: ¿qué sigue?

    La tormenta ya pasó, pero sus efectos perdurarán. Miles de texanos siguen reparando los daños en sus casas, las aseguradoras enfrentan reclamos millonarios y las autoridades intentan responder a las críticas por la falta de preparación.

    Texas tiene dos opciones: o aprende la lección y moderniza su infraestructura para resistir un clima cada vez más extremo, o se resigna a que su red eléctrica colapse cada vez que el tiempo decida ponerla a prueba.

    Lo que está en juego no es solo el bienestar de los texanos, sino el futuro de la resiliencia climática en Estados Unidos.

    Y el próximo desastre, sea por frío o por calor extremo, no esperará a que el estado tome una decisión.

  • El virus que lo cambió todo

    Todo cambió. Hubo un tiempo en que la vida era simple. Salir a la calle sin preocupaciones, estrechar la mano de un desconocido, llenar un restaurante sin pensar en la distancia entre mesas. Todo eso, que hasta hace poco dábamos por hecho, hoy parece pertenecer a un pasado cada vez más lejano.

    La pandemia de COVID-19 no solo alteró la rutina, también modificó nuestra percepción de la realidad. Nos enseñó a ver el mundo con un filtro de precaución constante, a desconfiar de la cercanía, a medir los riesgos en cada decisión cotidiana. Y, con ello, nos arrebató algo que apenas ahora comprendemos en toda su magnitud: la certeza de lo cotidiano.

    Es difícil no sentir nostalgia por lo que fuimos. La simpleza de un paseo en familia, la espontaneidad de un abrazo, el ritual casi automático de comprar un helado sin pensar en el peligro latente de tocar el mostrador. Pequeñas escenas que, hasta hace poco, parecían insignificantes y que ahora se extrañan como si fueran lujos inalcanzables.

    Pero más allá de la incomodidad y el encierro, hay algo más profundo que pesa en estos tiempos: la vulnerabilidad. He visto en redes sociales cómo conocidos se han contagiado, algunos lograron recuperarse, otros no. Cada historia suma un capítulo a esta crisis global que se siente cada vez más cercana, menos abstracta. El número de casos dejó de ser una estadística fría y pasó a ser nombres propios, rostros familiares, ausencias irremplazables.

    Para quienes vivimos con una condición de salud preexistente, el miedo es doble. Como diabético, sé que mi cuerpo es más propenso a sufrir las consecuencias de este virus. Por eso, en casa, la disciplina ha sido clave: minimizar salidas, extremar la higiene, evitar riesgos innecesarios. Aun así, el miedo nunca desaparece del todo. ¿Será suficiente? ¿Hasta cuándo podremos mantenernos a salvo?

    Y, sin embargo, la vida sigue. La economía debe reactivarse, las ciudades no pueden permanecer detenidas para siempre. Estoy convencido de que no podemos vivir dominados por el miedo, pero tampoco podemos ignorar la fragilidad del momento. Encontrar ese equilibrio entre avanzar y protegernos es la verdadera encrucijada.

    Entre todo esto, solo queda la gratitud. Porque pese a la incertidumbre, pese al encierro y a las preocupaciones, mi familia y yo seguimos aquí, sanos. No es poca cosa en tiempos como estos.

    Deseo que este mal que azota al mundo entero pase muy pronto, quiero volver a la vida que teníamos antes. Quiero sentir esa misma confianza otra vez, quiero un planeta sano para mi hijo. 

    Quisiera creer que pronto podremos volver a la vida que conocíamos. Pero también sé que nada será exactamente igual. Lo único que nos queda es aprender de todo esto y, cuando llegue el momento, reconstruir con más conciencia, con más empatía, con más ganas de abrazar sin miedo.