A los 16 años, la vida apenas comienza. Sin embargo, en Tamaulipas, también puede terminar en una brecha, en medio de un enfrentamiento con la policía o con militares, empuñando un arma que no se debería haber tocado jamás. Eso ocurrió recientemente en Río Bravo, donde un adolescente perdió la vida tras un enfrentamiento con elementos de la Guardia Estatal. De acuerdo con las autoridades, formaba parte de un grupo criminal que agredió a los oficiales. La escena no es inédita, pero cada vez es más frecuente. La infancia en esta región del país está bajo asedio. Los padres de familia, los tutores, son la primera línea para evitarlo.
La Secretaría de Seguridad Pública del estado ha reconocido públicamente que al menos el diez por ciento de las actividades del crimen organizado involucran a menores de edad. Más de mil doscientos jóvenes han sido detenidos en flagrancia por delitos como homicidio, tráfico de drogas y lesiones. La Fiscalía General del Estado ha documentado estas detenciones en treinta de los cuarenta y tres municipios de la entidad, lo que revela una dispersión territorial amplia, no confinada a zonas tradicionalmente conflictivas.
Lo alarmante es la concentración de estos casos en ciertos municipios clave. Siete de ellos, entre los que destacan Nuevo Laredo, Reynosa y Matamoros, concentran más del noventa por ciento de los jóvenes detenidos por delitos relacionados con el crimen organizado. No es casualidad. Se trata de zonas con fuerte presencia de grupos delictivos, rutas de tráfico y una base social vulnerada por la pobreza, la marginación y la ausencia de la familia. En estos espacios, el crimen no solo se infiltra, sino que seduce, ofrece una narrativa de poder, pertenencia y dinero que resulta atractiva para quienes tienen poco o nada.
Los números no mienten. Mil cincuenta y nueve de los jóvenes detenidos eran hombres y ciento cincuenta y cuatro eran mujeres. Una proporción de cuatro a uno que también habla de los roles que la delincuencia asigna a sus integrantes más jóvenes. Mientras los hombres suelen ser reclutados para tareas operativas, las mujeres son utilizadas en labores de logística, transporte o como señuelo. La desigualdad también se manifiesta en la manera en que el crimen utiliza los cuerpos y las vidas de los adolescentes.
Una investigación conjunta de la Red por los Derechos de la Infancia en México y el Observatorio Nacional Ciudadano señala que al menos ciento cuarenta y cinco mil niños y adolescentes en el país están en riesgo de ser reclutados por grupos delictivos. Es una cifra escalofriante, y sin embargo, parece no provocar el debate nacional que merece. En el norte del país, en especial en Tamaulipas, esta amenaza es ya una realidad consumada. Reynosa, por ejemplo, ha sido señalada como el municipio con mayor incidencia de reclutamiento infantil por parte del crimen organizado, de acuerdo con un informe de la Secretaría de Gobernación.
Las rutas del reclutamiento no siempre comienzan con una pistola apuntando a la cabeza. El informe de la Dirección General de Estrategias para la Atención de Derechos Humanos detalla un modus operandi que incluye vigilancia previa, selección de víctimas, seducción mediante videojuegos, engaños e incluso la promesa de una vida mejor. A veces hay amenazas, a veces no. A veces hay armas, otras veces solo promesas. Pero el resultado es el mismo: un menor de edad atrapado en la maquinaria criminal, con pocas posibilidades de salida.
El caso del adolescente abatido en Río Bravo lo ilustra con crudeza. No solo fue reconocido por las autoridades como parte de un grupo armado, sino que incluso ese mismo grupo lamentó su muerte y lo despidió en redes sociales como si se tratara de un héroe. La pregunta relevante no es por qué estaba ahí, sino cómo llegó a estarlo. Qué condiciones empujaron a ese adolescente a empuñar un arma en lugar de cargar una mochila con libros. Quiénes lo dejaron a la deriva para tomar un mal camino.
La narrativa del crimen también seduce desde la simbología, la música, el falso poder y la idea de pertenecer a algo. En un entorno donde la familia se esfuma, los grupos delictivos llenan ese vacío con un discurso atractivo para los jóvenes que se sienten solos, frustrados o desamparados.
La respuesta comienza en casa. Ninguna política pública será suficiente si en el núcleo familiar se descuida la formación, el afecto y la vigilancia cotidiana. El papel de madres, padres y tutores es insustituible. Son ellos quienes deben estar atentos a los cambios en el comportamiento de sus hijas e hijos, saber con quién se relacionan, en qué emplean su tiempo y qué tipo de influencias los rodean. No se trata de ejercer control desde el miedo, sino de construir vínculos sólidos, de confianza y comunicación. En un entorno donde el crimen acecha desde la esquina, desde la pantalla o desde la escuela, la familia debe ser el primer muro de contención. Porque si ese muro falla, todo lo demás llega tarde.
La violencia ha trastocado el presente y el futuro de miles de niños en México. Algunos han sido víctimas, otros victimarios y muchos ambos. La frontera entre ambos roles se borra en medio de la impunidad y la falta de atención. La niñez se ha convertido en un terreno de disputa entre la esperanza y el miedo. El crimen ha demostrado su capacidad para infiltrar todos los espacios posibles, incluso las infancias. Debemos trabajar todos por recuperar ese terreno antes de que sea demasiado tarde.
Los datos están ahí. Mil doscientos jóvenes atrapados en actividades criminales en solo un año, con un promedio de más de tres casos diarios. Cientos de familias marcadas por el dolor, por la pérdida, por el estigma. Una sociedad que observa en silencio cómo la infancia se militariza, se criminaliza o se pierde.
Prevenir el reclutamiento infantil debe ser una prioridad. No solo por razones morales o legales, sino porque de ello depende el futuro del país. Cada niño que se incorpora al crimen es una derrota colectiva. Cada adolescente que cae en un enfrentamiento armado es una señal de que algo muy profundo está roto. Y cada vida arrebatada debería ser un recordatorio de que no hay tiempo que perder.
Imagen: Gaceta UDG
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Publicado en El Mañana de Reynosa:
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