Carlos Tovar

Análisis, opinión e historias

El precio de una frase

A veces, una frase basta para acabar con décadas de carrera política. No se necesita un escándalo judicial, ni una investigación oficial, ni una denuncia formal. Basta una declaración pública, un micrófono abierto, una frase mal dicha. O peor, bien pensada, malintencionada y fuera de lugar. Eso es lo que acaba de ocurrir con Manuel Cavazos Lerma, exgobernador de Tamaulipas y hasta hace unos días secretario de Operación Política del Comité Ejecutivo Nacional del PRI. Su caída no fue por estrategia, ni por traición, ni por una elección perdida. Fue por una frase.

En plena conferencia de prensa, hablando del caso del diputado Cuauhtémoc Blanco, acusado de abuso sexual, Cavazos Lerma pronunció una afirmación que no solo fue insensible, sino que además rompió con todo código de respeto mínimo hacia las víctimas. Dijo que primero “tienen que probarle que intentó violar a la hermana, que no está muy violable que digamos”. Una frase que se propagó como pólvora por las redes sociales, que indignó incluso a quienes no militan ni simpatizan con ninguna causa feminista y que activó, con razón, una respuesta inmediata del PRI. Alejandro Moreno, presidente nacional del partido, lo removió de su cargo. Y lo hizo con una frase corta, sin margen de interpretación, pero con todo el peso político que una decisión así requiere. Lo removió porque la política ya no tolera ese tipo de machismo impune, al menos no en público.

Lo ocurrido con Cavazos Lerma no es solo un desliz, como algunos han querido minimizarlo. Es un recordatorio de que en política, hoy más que nunca, las narrativas importan. Y no solo para ganar campañas, también para sostenerse en los espacios de poder. Cavazos no es un improvisado. Economista por el Tec de Monterrey, con maestría en Londres, catedrático del ITAM, exsenador, exdiputado, exgobernador, operador electoral en múltiples estados. No se trata de un personaje accidental, ni de un advenedizo en busca de reflectores. Es, de hecho, uno de los últimos representantes del priismo clásico en Tamaulipas. Un perfil formado en la era del partido hegemónico, que entendía el poder como un ejercicio de verticalidad y cálculo.

Lo que sorprende no es que haya dicho lo que dijo. Lo que sorprende es que, con todo ese colmillo político que se le atribuye, haya sido incapaz de leer los tiempos. Que no haya entendido que los micrófonos ya no son los mismos, que los periodistas no son los mismos, que la audiencia ya no es la misma. Y, sobre todo, que las mujeres no son las mismas. Lo que antes se reía en una sobremesa o se aplaudía como “ocurrencia” en una reunión de partido, hoy puede costar la carrera. No por censura, sino por justicia.

Cavazos Lerma fue gobernador de Tamaulipas en los años noventa. Una época en la que el control del estado aún se concentraba en unas cuantas manos, donde los medios eran más obedientes y donde el poder tenía menos frenos y contrapesos. Desde entonces, su figura ha transitado por zonas grises. Hay quienes lo recuerdan como un hombre metódico, hábil, con buena formación. Otros lo asocian a episodios turbios, a señalamientos que nunca se aclararon del todo, a relaciones incómodas con sectores poco recomendables. 

Entre esas sombras, ha circulado por años una versión que, aunque nunca se ha confirmado, tampoco ha desaparecido del todo. Se trata de rumores sobre presuntas relaciones inapropiadas, comentarios que se repiten en voz baja en ciertos círculos políticos de Tamaulipas. No hay denuncias, no hay pruebas, no hay expedientes abiertos. Son relatos siempre sugeridos, nunca confirmados, que sobreviven en el margen entre la sospecha y el rumor, el secreto a voces. Pero la narrativa está ahí, flotando, como una deuda pendiente con la opinión pública, que el propio exgobernador ha desenterrado con sus declaraciones.

Tal vez por eso su declaración sobre el caso Cuauhtémoc Blanco fue tan mal recibida. No solo fue insensible, también pareció una provocación. Una imprudencia, viniendo de alguien que debería ser más cuidadoso. Porque en política, lo que se dice puede arrastrar también lo que se calla. Y en su caso, lo dicho revivió lo insinuado. Lo que por años se comentó en pasillos, en sobremesas, en columnas discretas, hoy volvió a escena. Y esta vez, con el viento en contra.

La defensa de Cuauhtémoc Blanco, además, no tenía justificación estratégica. No era necesario. No lo une una trayectoria política, ni una causa común, ni siquiera una lealtad partidista. Cavazos decidió involucrarse por iniciativa propia, como si buscara un lugar en la conversación pública. Y lo logró, aunque no como esperaba. No fue una defensa, fue un autogol. Y no fue una jugada, fue un descuido fatal.

En la política de hoy, los misóginos apestan. Y no solo en la política, también en la academia, en los medios, en las empresas. El cambio cultural avanza, aunque sea lento. Ya no es admisible disfrazar la violencia de chiste, ni justificar el abuso con argumentos cínicos. El poder, si quiere sobrevivir, debe aprender nuevos lenguajes. Y también nuevas reglas. Esta caída de Cavazos Lerma es el ejemplo más reciente de esa transformación. Y es, quizás, la más simbólica en un estado donde el priismo aún conserva algunas islas de influencia.

Para quienes conocen la trayectoria de Cavazos, esto no es solo una anécdota. Es un giro amargo para alguien que parecía haber encontrado un segundo aire como operador nacional del PRI. Su experiencia era valorada en campañas, sus análisis aún eran consultados. Pero en un momento, una frase lo desconectó de todo eso. La política también enseña. Y tal vez esta lección le llegue tarde.

Habrá quien diga que fue exagerado, que fue un error humano. Pero lo que ocurrió revela algo más profundo. Hay figuras que no logran adaptarse a los nuevos tiempos. Que siguen hablando como si aún gobernaran solos, como si nada hubiera cambiado. Y no se dan cuenta de que la sociedad sí cambió, que ya no perdona con tanta facilidad, que ya no calla ante el abuso ni el desprecio. Que ya no aplaude la grosería disfrazada de picardía.

Cavazos Lerma quiso volver a escena. Quiso levantar la voz y demostrar que aún tenía algo que decir. Lo hizo, pero el resultado fue otro. Se convirtió en tendencia en redes, pero no por su visión, sino por su falta de sensibilidad. No por un legado político, sino por su retroceso. La historia no siempre da segundas oportunidades. Y cuando las da, hay que saber usarlas. Porque a veces, una sola frase basta para escribir el final de una carrera.

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